domingo 25 de mayo de 2008

Desafío invernal

El próximo 21 de junio, en menos de un mes, el invierno se inicia oficialmente en el hemisferio sur. Eso quiere decir que apenas tengo 26 días para que esto que estoy tratando de hacer se vuelva una estupidez de manera oficial. Fuera de ello, sin embargo, dudo que sea necesario esperar la llegada de esa fecha para empezar a congelarme las pelotas, o al menos eso fue lo que pensé en repetidas ocasiones mientras me adentraba en la altura de los Andes para realizar el famoso paso entre Argentina y Chile por el paso de Los Libertadores.

Antes de eso, abandoné la acogedora ciudad de Mendoza y sus calles repletas de árboles en una mañana oscura, plagada de sentimientos encontrados y expectativas ansiosas. El primer día de viaje en solitario se me pintaba como una aventura completamente nueva, un empezar desde cero una novísima empresa como si nada de lo que hasta entonces había sucedido en este viaje tenía algo que ver con ello.

Pero no fue sino montarme a la bicicleta y empezar a pedalear para sentir de nuevo el trajín ya cotidiano de la aventura y volverme a empapar del viento, la carretera, el tráfico, los desniveles y los miles de circulitos que uno va trazando y trazando con las piernas. Lo que empezó a preocuparme en serio fue más bien la manera como la cordillera, silenciosa y oscurecida, me esperaba desde un costado del camino. Yo sabía lo que ella pensaba: "A ver... venfffffffffffff!", y no podía más que agachar cabeza y tratar de convencerme a mí y a mi bicicleta que la lluvia es solamente lluvia y nada más.

Resulta, pues, que cuado uno ha dado un paso demasiado grande (o más bien, una enorme cantidad de pasos pequeños, que sería más apropiado para este caso) ya no es posible volver para atrás. No podía dar vuelta y regresar (por más que las montañas sólo me prometían truenos y lluvia) por la sencilla razón de que no tenía a dónde hacerlo... Volver a casa en busca de refugio no es una opción cuando "casa" está a más de 7.000 kilómetros de distancia. Y si no se puede ir para atrás, entonces la respuesta a toda duda es obvia: Hay que echar pa'lante.

Con mi característica buena suerte, el mal tiempo se fue alejando conforme yo iba ascendiendo por sucesivas laderas. De hecho, para media mañana ya el cielo estaba límpido y brillante, y el paisaje empezó a mostrarse benevolente ante mis ojos y mi cámara. Avancé mucho esa mañana, sin siquiera detenerme a almorzar más que algo de mis provisiones a un costado de la carretera. Para cuando ya apenas me faltaban algo así como 40 kilómetros (según mis precarios cálculos), aún disponía de unas 4 o 5 horas de luz y no parecía que problema alguno se presentaría en esa jornada.

Pero se presentó.

Lo hizo en forma de viento: un despiadado, agobiante, poderoso y frío viento que a momentos me impedía avanzar sobre la bicicleta. En no pocas ocasiones tuve que detenerme a esperar alguna tregua o sencillamente renegar al cielo por su inclemencia y fiereza. Así fui avanzando cabizbajo, cada vez más preocupado por el paso acelerado del tiempo pero lento de los kilómetros.

Al final de ese día, luego de haber pasado casi 9 horas sobre mi bicicleta y haber recorrido 120 kilómetros (la mayor parte de subida), logré arrastrarme hasta un camping de la ciudad de Uspallata e instalar mi hogar móvil en el interior de una alameda. Mi recompensa, al menos, fue un nutrido colchón de hojas secas y una noche no tan fría.

Al despertar, el día prometía portarse bien. El paisaje espectacular de la cordillera me inyectó tantos ánimos que empecé a pedalear sonriente y convencido de que al día siguiente estaría en Chile.

El problema era que todo el mundo me advertía sobre un hecho que podía ser fatal: el paso no se abriría. Clausurado por la nieve y los deslizamientos de tierra, el camino podría permanecer cerrado por varios días, y mi aproximación a las alturas sería una pérdida de tiempo, por no decir una locura. Las numerosas playas de estacionamiento repletas de camiones a la espera de noticias confirmaban los malos augurios que me tenían asustado desde antes, incluso, de llegar a Mendoza. Ahora pienso que lo que me llevó a seguir pedaleando a pesar de las advertencias fue sencillamente el hecho de que aparte de ello no tenía nada más que hacer... ¿Esperar en Uspallata? ¡Bah! Quien no se aventura no cruza la mar...

Fui subiendo emocionado y boquiabierto por la magnitud prepotente del paisaje (algo hay de "metafísico", por así decirlo, en la contemplación de las montañas), para lo cual contribuía la casi absoluta ausencia de tráfico. La carretera desolada era completamente mía, y en ello encontré gran alegría por al menos unas cuantas horas.

En cierto momento de la mañana, cuando el viento ya empezaba a mostrarse fastidioso como el día anterior, me sorprendió una larga caravana de vehículos de placa chilena que empezaron a rebasarme apresurados. Las molestias que eso suponía para mí pasaron desapercibidas ante la certeza que tal desfile me traía: ¡El paso había sido abierto! A pesar de que sabía muy bien que ese día no me sería suficiente para llegar hasta la cumbre, los siguiente kilómetros los hice a un ritmo febril y nervioso.

Poco después vino lo que tenía que venir. La hilera de vehículos particulares se vio reemplazada por decenas y decenas de enormes camiones de carga que pasaban rozándome las alforjas y empujándome fuera de la calzada con su torrentazo de aire y su alboroto. En segundos me sentí en medio de una situación de verdadero peligro, al punto de experimentar cierto temor. Una vez más, sin embargo, lo único que podía hacer era concentrarme en la ruta y seguir avanzando.

Conforme iba ascendiendo y los macizos nevados se veían más y más cerca, la caravana de camiones se volvió un tanto más tolerable, quizá sencillamente a causa de la costumbre, capaz de atemperar cualquier situación, por intensa que sea. Volví a repetir un almuerzo ligero y rápido, como el del día anterior, y me apresuré por alcanzar mi destino de ese día, la pequeña población de Puente del Inca.

Quien no pareció muy de acuerdo con ello fue mi declarado archirival: el viento. Y esta vez vino más helado y severo, como si su empeño en detenerme creciese a medida que yo me acercaba a cumplir mi meta. La nieve empezó a decorar los costados de la carretera y yo, agobiado y tiritando, aceleré el paso por miedo a que también empezase a decorarme a mí.

Esa noche la pasé en un pequeño hostel de Puente del Inca. El frío era tal que del famoso puente apenas pude tomar una foto antes de irme corriendo a buscar refugio.

Los lugareños me informaron que apenas me faltaban 17 kilómetros para alcanzar la frontera con Chile. En términos de distancia, eso me sonaba a pan comido, pero en ese trecho relativamente corto tenía que ascender 1.100 metros más de desnivel y, como comprobaría desde temprano al día siguiente, enfrentar una tenaz ventisca de nieve y hielo para la cual no tenía ni la ropa adecuada ni la experiencia necesaria. No diré que la circunstancia estuvo a punto de vencerme, pero debo decir que, sin los 7.000 kilómetros de entrenamiento físico y mental que venía cargando, dudo que hubiese logrado alcanzar la cumbre.

Esos 17 kilómetros han sido lo más difícil que he hecho en bicicleta.

Arriba me encontré con mi peor miedo: el paso a Chile estaba cerrado. La noticia no fue sino una confirmación, pues ya bien lo sabía yo por la ausencia de tráfico durante mi recorrido de ese último tramo. Nada podía hacer en el lado argentino sino esperar que los chilenos terminen de aclarar su parte de la ruta y el tráfico se reanudase. Los carros y camiones empezaron a acumularse en el puesto de control. Mientras trataba de secar algo de mis ropas en un pequeño calefón de la estación de la Dirección Nacional de Vialidad, empecé ya a pensar en lo que debería hacer para encontrar refugio para la noche o para retornar hacia las tierras bajas en busca de calor.

Olvidaba mi buena estrella.

A eso de las dos de la tarde, los chilenos dieron la esperada noticia y los vehículos empezaron a moverse. Un transporte vino del otro lado a recogerme (está prohibido atravesar los casi 5 kilómetros de túnel en bicicleta) y, en un abrir y cerrar de ojos, un espléndido día me recibió en la República de Chile. Casi sin darme cuenta, había logrado el paso de la cordillera.

Los trámites migratorios fueron rápidos y sencillos. De ahí en adelante no fue sino descender por los famosos "caracoles" de la ruta (ahora entiendo por qué dicen que mucho más difícil es hacer el paso de Chile a Argentina que en sentido inverso) y adentrarme por la húmeda y vistosa vertiente occidental de los Andes.

Bajé riendo, festejando, brincando en mis entrañas. Una apacible y gustosa tarde me abrió las puertas de este nuevo país.


Una vez de vuelta a los 800 metros de altitud (arriba alcancé los 3.820), concluido ya el fenomenal trayecto que me había tenido nervioso y asustado por semanas, dormí profundamente en la ciudad de Los Andes.

Un día después pedaleaba ya por el corazón de la inmensa y nublosa Santiago, pensando ya en el sur y los nuevos desafíos que, según me voy enterando ya, se vienen de mano de la lluvia, los puentes rotos, la humedad y la distancia.

Es la primera vez en este viaje que en realidad me siento artífice de una hazaña.

No perdamos la costumbre. Ahí van las escenitas:

Escena 1: Uno de los acogedores recintos que visitamos durante nuestra estadía en Mendoza. Salir de ese cuarto fue una de las cosas más difíciles que hemos enfrentado en todo el trayecto.

Escena 2: Las noches de camping se han vuelto silenciosas y contemplativas. Escribir el diario es ahora casi una diversión.

Escena 3: Poquito antes de empezar a cantar "Teeeengo mucho frío en el alma..."
Escena 4: Lo que el cerrito este no sabía es que un tipo ardiente como yo puede andar desnudo por la Antártida y aún así estar sudando.

Escena 5: Ya que fui siguiendo casi la misma ruta que siguió una de las columnas del ejército de San Martín en 1817, era casi obvio que debía detenerme a celebrar en el memorial de Chacabuco.

Escena 6: Are you talking to me?

7.314 kilómetros recorridos.

Santiago de Chile, domingo 25 de mayo 2008

lunes 19 de mayo de 2008

Papito... ¡cumplí!


Mendoza, Argentina. Sábado 17 de mayo 2008. La tarde tiene un aroma amarillo, de hojas secas y acequias breves. Cuatro olorosos y desgreñados ciclistas van pedaleando hacia el interior de la Plaza de la Independencia, en el corazón de la ciudad. En medio del desacampado, sobre la grama que se extiende en torno a un monumento difuso, descorchan un champagne y lo baten para empaparse con el líquido. Se abrazan y ríen. Levantan sus manos al cielo, como agradeciendo o simplemente disfrutando. A su alrededor, la inquieta ciudad los ignora apaciblemente.

Casi no se puede entender cómo y cuándo lo planeado por tanto tiempo y soñado por tanto más haya sido cumplido finalmente. Aquí estamos, viviendo este triunfo, pero todo nos resulta todavía incomprensible. Se nos vino Mendoza encima y con ello se nos disuelve el sueño, se nos acaba la época, se nos cambia el mundo. Quizá sea necesario un poco de tiempo para que este viaje tome verdadero peso en nuestros corazones, para que nos demos veradera cuenta de todo lo que esto ha significado y sintamos la marca indeleble que nos hará pensar, en el diario trajín de nuestras vidas, en un antes y un después de Sudamérica a pedal.

¡Qué dulce y qué ambigua la sensación que vamos cargando al pasear por esta ciudad de árboles!


No hay mucho por decir de los dos últimos días que nos condujeron hasta este destino fijo en nuestros horizontes desde hace más de cuatro meses. La extensa llanura árida y casi vacía que conecta a San Juan con Mendoza nos permitió venir casi volando. En la mitad del camino, junto a un pequeño puesto policial que controla el tráfico de la frontera entre las dos provincias, una última familia -¡de las tantas y tantas que nos han abierto sus puertas en este tiempo!- nos permitió pasar la noche en un cuarto de su pequeño hogar.

La magna cordillera de los Andes, siempre presente a lo largo de nuestro periplo, nos dejó ver algo de su majestuosidad en los últimos kilómetros. A ella parecía no asombrarle lo que a nosotros nos hacía pedalear silenciosos y con un nudo en el pecho.

Los cuatro que llegamos:
Charlie Pérez. La alegre tumbadora y despilfarradora de dinero sin la cual el grupo se hubiese desarmado hace rato.


Copitas Coral. El tigre de los llanos que más se acercó al perfil completo del verdadero kamikaze latino.

Trinity Vallejo. La dama de hierro para quien rendirse no es una opción.

Guabas Landázuri. Siempre despeinado y sucio, este tipo nunca se baja de la camioneta.

El caudal de sentimientos difíciles de comprender no permite que este post se alargue mucho. Pero tampoco será el último. En Mendoza se acaba oficialmente nuestro proyecto, pero ya mañana continuamos nuevamente hacia las alturas de la desafiante cordillera para realizar el paso hacia Santiago de Chile y luego seguir pedaleando hacia el sur. Que ese último capricho sea un buen colofón para tan intenso viaje.

4 países visitados.
126 días de viaje.
83 jornadas de pedaleo.
6.896 kilómetros en bici.

Mendoza, Argentina, lunes 19 de mayo 2008

jueves 15 de mayo de 2008

Mendoza a la vuelta de la esquina

Como verán, este pana de la fotito no lo logró, pero nosotros, más avezados y cornudos, ya estamos a medio paso de hacerlo. Nos separan 166 kilómetros de la ciudad de Mendoza, y, al parecer, por lo que vimos desde la cima de una pequeña cordillera que atravezamos antes de bajar al amplio valle donde se extiende la ciudad de San Juan, capital de la provincia homónima que hemos venido atravesando estos pasados días, no queda más que una larga y recta pavimentada que nos llevará a nuestro destino final. No queda sino apretar paso, mantener la calma, no prestar atención a los quejidos de piernas y traste (que ya no aguantan!) y dar la estocada definitiva.

Aquí los cuatro tigres que conquistaremos esta ciudad ya casi mítica en nuestras cabezas:

Los habíamos dejado en suspenso en La Rioja, cuando ya parecíamos agotados por lo agobiante de las rectas sin fin y el peso de los cuatro meses que hemos venido viajando. Ahí en esa ciudad recibimos acogida en la Escuela de Oficiales de la Policía Nacional Argentina. Nos trataron de lo mejor, y hasta toleraron con paciencia que andemos por ahí quierendo "coger" todo lo que veíamos: que si puedo "coger agua" pa llenar las caramañolas, que "qué bus cojo" para ir al centro, que si será posible "coger no más" (con ese los matamos) el papel de la cocina, etc. Al principio nos ponían cara de asco y hasta resentimiento, pero luego como que ya "cacharon" (y esta palabrita nos tuvo en los mismos trances de confusión obscena durante los días en que atravesamos el Perú) que lo que queríamos decir era bastante inocente.

En la despedida hasta hicieron formar a toda una fila de cadetes para la famosa foto. Ojalá y alguno de ellos tenga la oportunidad de verla.

Ya salidos de esa ciudad, volvimos a nuestra habitual rutina de dormir mucho y pedalear demasiado. Hemos recorrido casi 500 kilómetros en apenas 5 días, y aunque podría pensarse que la ausencia de desniveles ha sido la causa principal de tal ritmo, debemos decir dos cosas a nuestro favor: no todo ha sido plano en estos días (hemos tenido variaciones hasta de 800 metros), y a menudo hemos coincidido en que más divertido (y por alguna razón, relajante) resulta pedalear entre cerros rugosos que en inmensas llanuras sin límite.

Quizá la verdadera causa de esta acelerada marcha ha sido lo remoto y agreste del entorno. Hasta la desolada Bolivia se queda a veces corta con los vacíos que presenta este inmenso país. Hubo días en los que pedaleamos por decenas y decenas de kilómetros sin ver más rastro humano que pequeños carteles puestos casi al azar por la carretera y uno que otro vehículo que pasaba junto a nosotros sin por ello siquiera aminorar su velocidad.

La primera noche después de La Rioja la pasamos en un cuarto vacío de la terminal de buses de Patquía. La llegada al pueblo nos había llenado de entusiasmo debido a que coincidimos con una muy promocionada (localmente, al menos) Feria de la Empanada. Pero resultó luego que había un costo para ingresar a dicha feria (costo que no quisimos pagar) y que ésta se iniciaba recién a las 10 de la noche. No pudimos aguantar el hambre hasta esa hora y, mientras el pueblo oía música folclórica en vivo y degustaba de sus empanaditas, nosotros roncábamos sobre un piso de baldosa muy cerca del cual transitaban los pasajeros de todos los buses nocturnos que atravesaban el lugar.

De Patquía nos internamos directamente hacia el oeste por una recta de casi 40 km de largo. Ahí entre los algarrobos espinosos almorzamos algo de nuestras provisiones y luego continuamos por un terreno algo más sinuoso hasta la frontera de las provincias de La Rioja y San Juan. Nuestra idea era acercarnos al Parque Nacional Ischigualasto para atravesar por caminos de tercer orden el Valle de la Luna (recinto proclamado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO) y salir a la población de Jáchal. Nada de eso pudo hacerse, pues, ya llegados al desvío que nos llevaba al parque, nos enteramos de que no había tales caminos de tercer orden y que no nos quedaba otra que tomar una pavimentada alternativa para volver a conectarnos con la vía principal que conduce a la ciudad de San Juan.

Esa noche, en el pueblo vacío de Los Baldecitos (que nos sorprendió por lo desolado y hasta nos tuvo recordando a Comala y sus fantasmas por una buena media hora), encontramos una comida deliciosa, acompañada de buen vino patero y café en abundancia, junto al cual plantamos carpas y pasamos una de las noches más frías del viaje.

Desde ahí fue cuestión de continuar al sur dos días más y finalmente torcer de nuevo al oeste para ser merecedores de nuestro último descanso. A pesar de que por momentos nos acercábamos bastante a la cordillera (o a alguna rama de las "precordilleras", como las llaman acá), el recorrido ha sido básicamente llano y sin mayores paisajes vistosos (aunque de vez en vez asoma por ahí algún cerro o alguna formación peculiar). Eso ha tenido nuestras cámaras más bien en reposo, porque de tomarnos mutuamente las carotas ya estamos hartos desde hace rato...

Después de Los Baldecitos dormimos en el pueblo de Astica, que fue donde sucumbimos por primera vez en Argentina a pagar un modesto hotel con cama y ducha caliente (a poco menos de tres dólares, la comodidad no se veía como crimen), frente a lo cual las carpas en medio de la plaza no se veían muy atractivas.

La última jornada antes de llegar a San Juan la terminamos en el poblado de Bermejo, enclave de un curioso culto del cual nos servimos para pasar la noche al resguardo del viento. Resulta que hace unas cuantas décadas, movida por consejo de unos viajeros europeos que pasaban casualmente por la localidad, una lugareña se encomendó a San Expedito (mártir romano del siglo III que murió en Armenia, al parecer en defensa de la fe cristiana) para que él interceda por ella ante su marido (borracho violento que la golpeaba muy a su sabor cada vez que se pasaba de copas) y lo hiciese cambiar. San Expedito hizo el milagro de transformar al pobre hombre y desde entonces, agradecida por el favor concedido, la mujer se dedicó a propagar el culto a ese peculiar santo por toda la región. Hoy en día, luego de incontables milagros realizados y muchos corazones conmovidos, el modesto santuario de San Expedito convoca a miles de devotos cada año y prácticamente mantiene con vida a toda la población de Bermejo.

Lástima que de ello solo hayamos sacado esta foto tan mala, en la que San Expedito brilla por su ausencia:

Y no fue ese el único santuario religioso que atravesamos en la ruta. Apenas 40 kilómetros más allá de Bermejo se levanta todo un complejo turístico-religioso dedicado a la Difunta Correa (ya mentada en el blog anterior). El lugar no estaba muy activo a nuestro paso, pero a juzgar por el tamaño de las instalaciones y el espacio destinado a campings, asados y parqueo, parece que esta mártir también es causa de multitudinarias marchas y peregrinaciones al menos una vez cada verano.

En fin, poco después de Difunta Correa, poco antes de que largas alamedas y extensísimos viñedos nos den la bienvenida a las llanuras vitivinícolas más importantes de la Argentina, una pequeña formación de colinas nos permitió ascender hasta un punto estratégico desde donde pudimos observar los enormes macisos de la cordillera central de los Andes y dos picos blancos que se destacaban sobre el horizonte entre las brumas de unas nubes apenas visibles que en vano trataban de ocultarlos. Decidimos, pues, en base a nuestros mapas y previas investigaciones, que el coloso más grande (el que se levantaba más al sur) era nada más y nada menos que el Aconcagua.

Así, el 14 de mayo de 2008 (japi, japi berday, B.!), por primera vez en nuestras vidas teníamos ante nuestros ojos (aunque lejano y brumoso) al monte más elevado de las Américas. Y mientras unos veían en él una suerte de premio, de placa consagratoria a sus esfuerzos y broche de oro para un viaje formidable que mucho había movido en cada una de sus conciencias, otro (yo) veía levantarse ante sí el símbolo de un nuevo reto, el imponente inicio de una nueva aventura que debía llevarlo más allá de los confines dominados por ese gigante blanco y adentrarse en los misterios de un nuevo país y centenares de nuevos kilómetros.

Queda muy poco para alcanzar Mendoza y, tras un breve festejo de transición, iniciar el tremendo ascenso al paso de los Andes que conduce a Chile y un nuevo encuentro con el Pacífico.

Ahora sí, las escenitas:

Escena 1: No contentos con tener la misma bici, el mismo casco y la misma ropa, los gemelos maravilla comparten su ignorancia con respecto a la ruta a seguir.
Escena 2: Lugareños sanjuaninos entablan alegre conversación y bochinche en honor a los recién llegados viajeros de a pedal.

Escena 3: Andre aprovecha la pausa pa engullir algún snack. Carlita busca qué comprar. David piensa: "Cuántos vinos saldrán de todas estas uvas?"

Escena 4: Largas sombras del atardecer decoran la frontera entre La Rioja y San Juan.

Escena 5: Los cafecitos con medias lunas se van volviendo más y más comunes en cada descanso. No por eso se nos quita el sueño...

Escena 6: Cuando alguien así te pasa en la carretera, uno empieza a entender por qué tanto pinchazo.

6.720 km recorridos

San Juan, Argentina, jueves 15 de mayo de 2008

viernes 9 de mayo de 2008

Taedium vitae

Ya Tucumán y Catamarca han quedado atrás. La Rioja nos acoge bajo un cielo gris, augurio y amenaza del invierno que se nos viene sin remedio. El grupo va menguando poco a poco, víctima de la presión del tiempo y el agotamiento de dineros y fuerzas. Las bicicletas empiezan a mostrar quejas un tanto más severas que llantas o cadenas desgastadas... En fin, apenas a dos provincias de distancia para finalmente alcanzar la ciudad de Mendoza, hay un evidente y repetitivo sentido de agotamiento que ha venido apoderándose de nuestros pedales y que ha tornado estos últimos kilómetros (¡quién lo hubiera dicho!) en los más difíciles de superar.

¿Cansancio acumulado? Muy posible. ¿Aburrimiento? Difícil de creer. ¿Falta de futuro luego del viaje? Hmmm... Lo cierto es que hasta el sucesivo descubrimiento de horizontes nunca antes vistos puede volverse una costumbre, una práctica cotidiana, y no hay en el hábito lugar para la aventura. Dormir, comer, armar alforjas, pedalear, pedalear, pedalear, buscar refugio, plantar carpas, volver a dormir... Los días parecerían repetirse sin tregua, y los paisajes, por misteriosa acción del desgaste y la nostalgia, cada día son menos asombrosos.

Los tres días en San Miguel de Tucumán nos demostraron lo dispersos que ahora viajamos por las pampas y bajas serranías de la precordillera Argentina. Si no hubiese sido por nuestros amables anfitriones (en especial Héctor Martínez, antiguo amigo de la Carlita que nos recibió y soportó con toda nuestra modorra y despiste) poco hubiésemos hecho en esa ciudad más que dormir, dormir, dormir y comer. Por suerte tuvimos en él quien nos jale de las orejas y nos despierte de nuevo a la vida aventurera del viaje. Así que todo bien: ¡En poco tiempo se nos acabará el viaje y de manera alguna podemos darnos el lujo de desperdiciarlo por pereza!


Supuestamente descansados, entonces, partimos de la amable casa de Héctor y retomamos la ruta hacia el sur. Al hacerlo abandonamos (o más claro, él nos abandonó) a otro de los feroces pedaleros que venía con el grupo desde la ardiente costa de Trujillo, en el Perú. El muy pelotudo alegó numerosos problemas de todo tipo: que la novia ya no le daba permiso, que tenía que volver para graduarse, que extraño a mi abuelita, que allá en Quito tenía que no sé qué, que yo he de volver a acabar la ruta, etc. etc. etc... No le quedó más al Petit Comité que otorgar al aludido el permiso requerido y dejarlo partir franco (o sea, en bus) hacia Córdoba y luego Buenos Aires.

Se le acabó el viaje al famoso piquetero Kangás, Jennifer, Flaco, rica bestia, narizón, sr. Dueñas, Juan Fer. Otro al que vamos a extrañar fuerte!!

Fue posiblemente la decepción causada por esta nueva separación lo que tuvo a todo el resto del grupo (Carla, David, Guabas, Andre) algo pensativo y silencioso en esa primera jornada hasta la pequeña ciudad de J.B. Alberdi. Eso no hizo mella, claro, para que cada cual siguiese haciendo sus sandeces habituales: mientras el Guabas iba olvidando (en una pequeña fonda al borde de la carretera, unos 40 km al sur de San Miguel) todos los mapas que la expedición había acumulado desde su salida de Quito (incluyendo los de Argentina y Chile, todavía fundamentalmente necesarios para completar la ruta), la Tumbadora Pérez se dedicó a cerrar camino a cuanto ciclista viajero encontraba, alegando luego que la culpa la tenía el agredido a razón "de ir tan pegado a ella". A nadie le quedaron dudas...

El más afectado fue el deportista que aparece en la siguiente gráfica, quien fue obligado subrepticiamente a darle de quijadazos a la carretera y usar el asfalto como papel de lija sobre algunas de sus extremidades:

Esa noche, luego de tanto despiste caótico, se desató una fiebre consumista por varios de los micromercados de Alberdi. Algunos, que alegaban "no necesitar nada", terminaron por comprar no solamente kilos de pan, salami, vino, frutas y yogurt, sino hasta cartulinitas de diversos colores, al parecer destinadas a la elaboración de manualidades pseudo-amorosas que quién sabe si algún día llegarán a su imaginado destino.

Quienes nos acogieron esa noche (los encargados de administar un pequeño complejo deportivo de la municipalidad) nos vieron llegar colmados de fundas de compras, y nos abrieron las puertas del humilde recinto con cara de "qué onda con estos giles?" Por lo menos tuvimos tiempo en la mañana siguiente para tomarnos una foto con ellos y ponerla aquí a manera de agradecimiento:

Luego de Alberdi (a donde llegamos pedaleando 110 km ese día), nos ha dado por una curiosa mezcla de pereza y embale. Es normal que, despertándonos a las 8 o 9 de la mañana, y empezando a pedalear a las 10H30 o 11H00 (con las consabidas horas de luz perdidas debido a tal jugarreta), superemos la barrera de los 100 km cuando la noche ya está próxima a caer. Tanto es así que el último día (Huillapima - La Rioja) superamos nuestro récord de distancia en un solo día al recorrer 130 km en poco más de 7 horas de pedaleo efectivo.

La humedad de estas laderas junto a las cuales se extienden las inmensas pampas nos tienen sudando todo el día. El clima jamás llega a ponerse verdaderamente caluroso, a pesar de que por momentos el sol es fuerte y constante, y a menudo el viento nos hace sentir más frío del que quisiéramos. Pero de todas formas a veces resulta más cómodo pedalear sin camiseta o con pañuelos en la cabeza a causa del sudor. De seguro que esta región debe ser el mismísimo infierno en verano...

Hemos vuelto a ponernos pilas con eso de no pagar nada en cuestión de hospedaje (Bolivia nos tenía muy mal acostumbrados), y hasta ahora, desde que entramos a Argentina, no hemos hecho más que pagar por un par de campings oficiales (que de por sí son muy baratos). El resto del tiempo hemos logrado conseguir lugares gratuitos, patios de casas privadas, regimientos de la policía y hasta sitios de camping no muy aptos para tal actividad... Con todo, ahora que somos menos, dormir en una carpa por persona resulta comodísimo.

Miren qué noticia: nos habíamos propuesto, al salir de Quito, pedalear 6.125 kilómetros durante un lapso de 120 días. Esta foto fue tomada el día 117, cuando llegamos a La Rioja. El odómetro oficial marca el momento en que alcanzamos esa marca de distancia y llevábamos acumuladas 383 horas con 13 minutos de estar subidos en la bicicleta. Eso es algo así como 16 días ininterrumpidos en los que la llanta no ha dejado de moverse. Por alguna razón dicha cifra no suena a algo tan desmesurado, pero créannos, los que estamos aquí sabemos que es un montón!

De todas formas, ya superada la marca propuesta, resulta que nos falta todavía bastante para dar por terminado este viaje. En Mendoza pensamos estar en unos 9 días, y desde ahí trataremos de realizar el paso de cordillera hacia Santiago de Chile (todo dependerá de si el clima nos lo permite), y luego el Guabas continuará pedaleando hacia el sur, para volver a la Argentina por el paso de San Martín de los Andes y terminar el viaje en San Carlos de Bariloche, o sea, unos 1.500 km y mes y medio más tarde.


Tenemos aventura para rato...

Aquí unas cuantas escenas de la vida cotidiana:

Escena 1: El último desertor del grupo se pasea alegre detrás de la causante de nuestro tercer día en San Miguel de Tucumán. Ya nos íbamos cuando nuestra anfitriona Paula decidió hacernos probar ginebra local! Las fotos del resultado las guardamos en archivo confidencial.

Escena 2: Santuario del Gauchito Gil, suerte de Robin Hood de las pampas que es respetado y venerado en toda la Argentina. Aunque su origen está en la provincia de Corrientes, son cientos los pequeños lugares como éste que hemos atravesado a lo largo de la ruta. Ahí la gente deja regalos, flores y velas para el Gauchito. Además de él, también es común encontrar pequeñas tumbas de la llamada "Difunta Correa" (mujer legendaria que murió de sed en el desierto y cuyo hijo sobrevivió amamantándose del cadáver), rodeadas de botellones de agua. Estos y otros son los "santos" populares de la Argentina.

Escena 3: Kiosko vinero junto al camino. La compradora compulsiva Pérez se apura a sacar un fajo de billetes para derrocharlos. El resto nos compramos nueces confitadas, alfajores rellenos de cayote, membrillo y dulce de leche, y (claro!) vino patero. Nótese que el kiosko este estaba en medio de la nada, ahí junto a la carretera.

Escena 4: Breve intromisión al meteorito donde vive El Principito. Las raíces de este baobap deben estar a punto de acabar con todo!

Escena 5: Las llanuras de esta región están repletas de olivares, nogales, soja y por ahí uno que otro gil andando horas en la bici sin mover el volante. A ratos creemos que ponen una curva cada 10 km solo para hacerle acuerdo al conductor de que aún vive.

Escena 6: Rendido al borde de la ruta en el punto exacto de los 6.125 km. ¿Hasta no más acá era?

6.243 km recorridos.

La Rioja, Argentina, viernes 9 de mayo 2008

sábado 3 de mayo de 2008

Zigzageando por la Ruta del Vino

San Salvador de Jujuy nos otorgó un recibimiento peculiar y lleno de afecto. Benjamín, Ana Rosa, Danny, Laura, Belén, Karim, Nahuel, Yahuar y Misquinina abrieron las puertas de su humilde pero caluroso hogar para compartir con nosotros un día y medio de sus vidas. La enorme tropa de chiquillos monstruos que componen esta familia nos doblegó rápidamente con su inagotable energía, sus juegos y sus carcajadas; y en eso se nos pasó volando nuestra breve e intensa estadía en esta ciudad.

Resulta que Benjamín, hace ya más de dos décadas, viajó a lo largo y ancho de este enorme país durante 5 años, trabajando como mimo y actor de la calle, y enseñando a fabricar instrumentos de música popular a muchísimos jóvenes argentinos. Además, lo hizo en bicicleta (llevando más de 130 kilos de peso en un remolque!!), y por ello conoció la alegría y el alivio que experimentamos viajeros como nosotros cuando recibimos cariño desinteresado y abierto. Ahora, en su pequeña casa del barrio Los Perales, recibe a vagabundos ruteros que atraviesan esta zona en sus bicicletas. No podíamos pedir más…
Nos costó algo de tiempo y esfuerzo emocional alejarnos de esta familia, pero, una vez en la ruta, fuimos volando hacia la siguiente capital provincial de nuestra ruta: la ciudad de Salta. El camino, que se adentraba por las estribaciones de las “yungas” (ceja húmeda de montaña que baja desde la cordillera) fue uno de los tramos más pintorescos y divertidos de los que hemos visto hasta ahora en la Argentina, lo cual volvió relativamente fácil recorrer los más de 100 km que separan a Jujuy de Salta y nos depositó alegres en el hogar de una nueva familia inolvidable.

Ramón Marín, un ciclista local que sueña con viajar por el continente (y el mundo, quién sabe), ha establecido una casa de ciclistas en la casa de su familia en Salta. Él, junto con sus hermanas y su madre (Tina), no solamente nos recibió atento y generoso, sino que nos atendió casi como a niños y nos instruyó (o nos permitió auto-instruirnos, más bien) en las artes vitivinícolas de la región (acá un buen vino se consigue desde los 3 pesos o menos, o sea poco menos de un dólar…)
De ahí en adelante retomamos los días duros de la pedaleada por regiones inhóspitas y alejadas. Ascendiendo lentamente hacia el sector de los valles calchaquíes (orgullo natural y cultural de la provincia de Tucumán, siguiente destino de nuestro viaje), avanzamos en etapas casi siempre superiores a la centena de kilómetros, entregados, además de a las degustaciones de vino y a la cultura del pan con salame y queso, a una actividad que extrañamente no habíamos practicado mayormente hasta ahora: el camping.
Aquí en Argentina es común encontrar en cualquier pueblo uno o varios establecimientos de camping en donde, por una módica suma (entre 5 y 10 pesos), se puede plantar carpas y pasar la noche con una serie de comodidades que en una verdadera noche de carpazo serían un lujo imposible: luz eléctrica, duchas de agua caliente, baños, etc. Algunos hasta ofrecen pequeñas cabañas con camas o al menos colchones limpios. Ese tipo de lugares han sido nuestro resguardo en las pasadas noches, y parece que en el futuro seguirán siendo nuestros principales refugios de descanso.
El camino durante los pasados días (La Viña – Cafayate – Amaicha del Valle – Tafí del Valle – San Miguel de Tucumán) nos ofreció un variado desfile de paisajes y climas. La predominancia de un amplio valle poblado de viñedos, algarrobos y cactus también ha dado lugar para encañonados áridos de impresionantes paredes rocosas (como el cañón de Cafayate, de rocas coloradas y notorias formaciones sedimentarias que han sido profundamente alteradas por la erosión), así como extensas llanuras secas y ventosas.

De los 1.200 metros de altura en el que se halla Salta fuimos remontando poco a poco (a los 1.600 el primer día; a los 2.000 el segundo y el tercero; a los 3.000 el cuarto…) para realizar uno de los pasos más difíciles que hemos enfrentado en todo el viaje: el abra de El Infiernillo, por donde, según un cartel fijado junto a la ruta, descendiera el primer europeo (Manuel de Rojas) desde la serranía andina a los llanos que se extienden al oeste de la costa atlántica sudamericana.
Lo difícil de esa jornada no fue propiamente el ascenso o la altitud (ambas trabas las hemos tenido en mucho mayor categoría, sobre todo en la sierra central del Perú), sino el intenso frío que nos envolvió en la cumbre misma del collado. Cuando la topografía parecía prometernos un divertido (y merecido) descenso, una densa neblina cargada de papacara helada nos puso el alma a tiritar y los dedos al borde del congelamiento. Poco pudimos hacer más que hacer de tripas corazón y descender a regañadientes a través del nubarrón. Por momentos perdimos toda sensibilidad en los dedos y apenas podíamos apretar los frenos. De hecho, pasados ya tres días de ese tremendo shock, aún sentimos secuelas de amortiguamiento en las manos… Brrrrrrrrrrrr!!
Salidos de ese infierno en la altura y algo repuestos con una noche sobre colchones en lugar de aislantes y abundantes “facturas” o “mediaslunas” (pequeños panecillos cubiertos de algún tipo de dulce, por lo general mermelada o dulce de leche), continuamos el descenso hacia San Miguel de Tucumán, a 400 msnm y con un clima mucho menos agresivo (aunque poco parecido, debido a la cercanía del invierno, a lo que podría esperarse a esa altura en el Ecuador). Ese día nos sorprendimos al interior de un cañón estrecho y abrupto, el del río Sosa, que abría el camino, en curvas sinuosas y una estrecha vía al filo de la peña, hacia las llanuras que dan inicio a las famosas pampas.

Ya aquí abajo, todo fue cuestión de hacer contacto con viejos amigos de la adolescencia para iniciar el que será el último descanso largo antes de emprender la aproximación final a Mendoza. Pero eso corresponde ya a la historia que vendrá en el siguiente post, así que por ahora nos despedimos simplemente con las escenitas de la vida cotidiana.

Escena 1: Dos bravos gauchos con sus respectivos caballos llaneros de pura sangre runa.

Escena 2: El Petit Comité reunido en franca discusión amenizada por vino más barato de la región. Nótese la intromisión de un cobayo en la mitad de la foto.

Escena 3: Lujosos aposentos con finos decorados se disfrutan en el norte argentino.

Escena 4: Clara violación a la Ley de Tránsito. Que se metan con lo que sea menos con "eso"...

Escena 5: La camaradería crece en el grupo. En esta gráfica se evidencia instantes previos a una fraternal palmadita en el traste. Se respondió con un pedo.

Escena 6: Queda demostrado que sí se puede pedalear chuchaqui.

Escena 7: Extraña cruza entre morsa y hombre hallada en Tucumán. Cualquier parecido con el Niño Viajero es pura coincidencia.
5.736 km recorridos.
San Miguel de Tucumán, Argentina, 3 de mayo 2008

jueves 24 de abril de 2008

El cubano (otro milagro de la Revolución) o "Another one bites de dust"

Finalmente, luego de estirar las sábanas lo más que se pudo (y ojo que somos expertos en eso), Marito Esteban Salvador, la archifamosa "rata trepadora de los Andes", también merecedor de los motes de "el retobado de Huaylas" o "el eterno gamín", tuvo que abortar la misión y emprender su retorno a Quito al son de "chucha, yo veré lo que hago!"... y sin un centavo en el bolsillo.

La abominable ciudad de Villazón, en la mismísima frontera entre Bolivia y Argentina, fue el escenario no solo de tan penoso suceso, sino también de un vil siniestro que terminó por destruir la moral de nuestro ahora ausente amigo y a fin de cuentas lo decidió al retorno. Resulta que, acostumbrados a la buena estrella que nos había guiado en casi todo el camino, un breve descuido bastó para que choros mal nacidos hurtaran con sigilo y alevosía la cámara fotográfica del susodicho, robando, además del aparato en sí, numerosas fotografías de gran valor que hubiesen quedado de grato recuerdo de este viaje.

A nombre de quien ahora debe andar retornando a Quito en largas jornadas de bus, queremos hacer público nuestro sentido agradecimiento a todos aquellos que manifestaron su deseo de colaborar anímica, moral o económicamente con Mario para que pueda culminar satisfactoriamente el trayecto hasta Mendoza. Sin embargo, debemos decir que la difícil decisión fue largamente meditada y que, en acuerdo de todos los participantes, se ha obrado de la manera más positiva para todos.
Tampoco se crean que al tipo le iba tan mal. Si hasta aseguró querer detenerse un tiempito en el Cusco a fin de "hacer unas compritas" para su familia y novia (recuerden, claro, que el infeliz no tenía ni medio centavo y todo lo que llevaba eran deudas a sus amigos).

Los tigres que quedamos por acá seguiremos pedaleando sin descanso a nombre de Mario y de todos los que quisieran estar aquí avanzando lentamente en esta aventura. Y eso de "pedalear sin descanso" no solamente responde a un acto simbólico de agradecimiento y empeño por cumplir lo propuesto, sino también a una situación muy práctica que nos empieza a achacar a todos: se acaba el tiempo y el billuco!!!


En fin, nada queda sino continuar viajando lo más rápido posible, y eso es lo que hemos hecho. Ya andamos a más de 700 kilómetros de Potosí, lugar de nuestro último reporte. Desde esa ciudad avanzamos sin tregua a lo largo de cuatro jornadas matadoras (Vitichi - Cotagaita - Tupiza - Villazón) en las que volvimos a encontrarnos con nuestro viejo amigo el lastre y con él recordamos las más duras calamidades del Perú.
De todas formas, como siempre ha sucedido en este viaje, la magnitud de los paisajes y la novedad que nos causan los territorios que vamos atravezando nos mantuvieron lo suficientemente entretenidos para no dejarnos vencer por la dureza del camino. Y eso que a casi todos nos volvieron a asaltar dolencias varias y gripes furibundas que por poco nos matan. El mentado cubano hasta tuvo que ir dando tumbos en el balde de una camioneta hasta el hospital más cercano, donde lo inyectaron tal como le gusta y lo sacaron de la convalecencia.
El resto seguimos moqueando hasta ahora...


El paso de la frontera fue guasazo. Un chapa boliviano hasta trató de sacarnos coima alegando infracciones de tránsito de dudosa legitimidad. Por suerte somos sapos bien sabidos y no nos dejamos robar, pero todo el asunto, sumado al robo de la cámara del Mario y una que otra actitud muy "a la boliviana" nos dejaron un muy mal sabor de boca de ese lugar.

También fueron largos y tediosos los trámites para entrar a la Argentina, más por la cantidad de gente en la cola que por lentitud de las oficinas. Ya del otro lado del puente, hasta nos hicieron desmontar las bicis y sacaron un perro para que olfatee nuestros equipajes en busca de droga. Seguro eso se debió a la cara de mafioso chino del Kangá y al dudoso aspecto blanco del "hombre de sal".

Por suerte ese perro también parecía andar con gripe...

Y bueeeeno... Un atardecer de ensueño nos ofreció una despedida espléndida del territorio boliviano. Ahí les va la última fotito tomada en ese país.

Ya dentro de Argentina notamos de inmediato el cambio del carácter de la gente, la arquitectura de los pueblos, la calidad de los servicios... y el costo de la vida. En Bolivia almorzábamos hasta por 7 bolivianos (o sea, algo así como un dólar), y acá en Argentina es difícil encontrar un menú que cueste menos de 15 pesos (o sea, algo así como cinco dólares). La comida es mucho mejor y más completa (la carne es sabrosísima... en TODO sentido), pero la nueva economía ya nos está desfalcando (ahora sí ya va en serio) y andamos todo estresados por eso. A tanto llega el estrés que andamos echando fuerte biela para relajarnos... pero eso cueeeesta!!

(De paso, Pichu, te respondemos: el cambio es ilógico. Por un dólar te dan más de 7 bolivianos, PERO NI UNA SOLA BOLIVIANA, cuando uno estaría dispuesto a pagar hasta mucho más de un dólar por una de esitas, en lugar de recibir tanto guaso que no sirve para nada.)



Las etapas en la Argentina, hasta ahora, han sido tres: Abrapama - Huacalera - San Salvador de Jujuy. La primera aún pertenecía al espacio geográfico del altiplano, así que volvimos a pasar una noche fría (por suerte conseguimos ayuda en un coliseo para que nos presten un cuartito, aunque nos tocó esperar hasta la 1 de la mañana para que los guasos oriundos terminen con su campeonato de fútbol).

Luego de eso, entramos a la famosa y colorida Quebrada de Humahuaca, geológicamente interesante al punto de haber sido declarada Patrimonio Natural de la Humanida por la UNESCO (casi todas las fotitos que van más abajo con cerros de colores y formas raras pertenecen a esa quebrada inmensa que baja desde el altiplano).

Y en esas alcanzamos finalmente un hito importante que nos hizo sentir muy lejos de casa:

En Huacalera (lugar del descarne de los restos del Gral. Juan Galo Lavalle, eso como dato para los amantes de Sobre Héroes y Tumbas), nos recibió la policía local, luego de que la escuela y la iglesia estuvieron cerradas.

Acá, ya dos horas más tarde que en el Ecuador, amanece a eso de las 7H30 de la mañana y anochece a eso de las 8H00 de la noche, así que nuestros esquemas de pedaleo han cambiado un poco y ya casi solo pedaleamos de tarde. YEAH! (Igual nuestro promedio de distancia sigue subiendo y ya va por los 1.000 km diarios... y eso con viento en contra...).


En Jujuy nos recibió una familia de lo más particular y afectuosa, pero esa historia quedará para el siguiente post (en realidad, ahora estamos ya en Salta, unos 100 km más al sur, pero ya oíran de nosotros algo más cuando llegemos a Tucumán... PROMISE!)


Se vienen escenas de la vida cotidiana:

Escena 1: Concilio de Sudamérica a pedal en sesión plenaria para decidir el futuro del cubano. De derecha a izquierda: los célebres y brillantes mentalizadores del proyecto más un par de ilustres desconocidos.

Escena 2: El problema de las bicis chinas es que se estropean con demasiada frecuencia. En la gráfica se observa un par de aventureros lidiando con el equipo de mala calidad.

Escena 3: Encuentro de Sudamérica a pedal con el verdadero y único Kamikaze Latino. Martín Pueyrredón, un jóven y apasionado ciclista de 76 años, viaja solo por el norte argentino con el simple propósito de divertirse en sus vacaciones. Sus alforjas rebosan de buen ginebra.

Escena 4: Velocistas locales retan al equipo de Sudamérica a pedal a una feroz competencia ciclística en la puna jujeña. Por supuesto, ganan.

Escena 5: Poco después de decir: "Nunca más me compro nada. Ya no tengo dinero. Voy a hacer dieta para ahorrar", Charly adquiere una sencilla falda hippie al comodísimo precio de 50.000 dólares por fibra. Que quede claro que tratamos de detener a la consumista. Ella iba a comprar dos.

Escena 6: Por fin llegamos a la Argentina!

5.236 km recorridos.

San Salvador de Jujuy, Argentina, jueves 24 de abril de 2008

martes 15 de abril de 2008

De cómo el grupo perdió un miembro, medio cerebro y la serie de eventos que se sucedieron

Hallándose finalmente los incautos en la villa imperial de Cerro Rico de Potosí, fueron inmediatamente condenados a trabajar en la mina según la antigua usanza. Reunieron, pues, los pocos reales que les quedaban y con ello aprovisionáronse de diversas vituallas imprescindibles para soportar la goyesca jornada que les esperaba en las profundas entrañas de la tierra: alcohol de 96 grados (para no perder la costumbre, aunque muchos catadores lo catalogaron "cuatro grados corto"), abundante hoja de coca (planta que los nativos de estas tierras rumean como bestias a fin de sobrellevar los agotadores trabajos), cigarrillos de tabaco con clavo y canela (ofrenda indispensable para "el tío", mítico guardián, amo y señor de las profundidades), varios botellones de refresco (para remojar el gaznate seco por la continua aspiración de partículas minerales y polvo), y mucho valor.

Engañados por las copiosas promesas de riqueza y prosperidad, mucha fue la bravura con la que los peones de esta historia empezaron a trabajar la dura roca cristalizada. Por entre lúgubres y húmedos callejones de interminable oscuridad, que descienden por estrechas galerías hacia la innominia y el olvido (destino común de los anónimos trabajadores que nacen y mueren en estas cavernas infernales), fueron soñando con las brillantes vetas de mineral que recorren como venas el famoso cerro, otrora el más grande tesoro de todo el imperio ibérico.

Ni siquiera las reiteradas y generosas visitas al "tío" (eso sí, evitando la presencia de sus mujeres, pues de lo contrario la Pachamama se enfurecería y no aceptaría la unión con el minero, indispensable para dar a luz el preciado mineral puro) fueron suficientes para que el terrible agobio de tan pesaroza actividad terminara por menguar el espíritu y los pulmones de los valientes mineros. Desesperados y al borde de la inanición, fraguaron un astuto plan para evadir los tiránicos controles de la mina y escapar presurosos hacia la luz del día.

Inmediatamente, fuera del infierno, temerosos de las retaliaciones que habrían de venir, huyeron los prófugos mitayos con rumbo hacia el este, a la blanca y antigua ciudad de La Plata (por estos días conocida como Sucre). Allí la suerte pareció sonreírles por una breve noche, pues trabaron amistad con un acaudalado facedor de puentes que no solo los galanteó y les ofreció compañía en esos duros momentos, sino que además les procuró copiosa bebida de la más fina calidad hasta entonces conocida. Nunca sus paladares habían sentido tal placer y en tanta abundancia.

Sin embargo, tanta gentileza (motivada por intenciones no del todo esclarecidas) terminó por enardecer los espíritus envilecidos por tanto trabajo y esclavitud de los ahora fugitivos. Al romper el alba, percatóse el afligido grupo que uno de sus miembros había desaparecido sin dejar rastro alguno. Quién sabe qué amarguras asaltaron desde entonces el torturado espíritu de esa noble alma. Baste decir que nunca se supo qué sucedió y hasta ahora se espera el retorno de ese tormentoso corazón.

Abatidos por esta nueva trampa del destino, el menguado grupo dedicó la mañana a recuperar sus apocados ímpetus en un populoso mercado de la villa, donde una gallarda doña recibiólos con manjares de sutil sabor y cómodo precio. Luego de ello, aún cabizbajos y meditabundos a causa del exceso de aguas espirituosas que habían consumido la víspera, los mancebos se enrumbaron hacia la afamada Casa de la Libertad, palacio lleno de historia que recuerda antiguas leyendas heroicas que cubrieron de gloria a su pueblo y su gente, bravos soldados al servicio de la revolución y la libertad.

Enteráronse allí que al oeste de la infame villa de su condena (Potosí) existían innombrables riquezas minerales aún no exploradas, en medio de una región poco habitada y muy agreste. Dirigiéronse raudos, pues, a la conquista de ese paraíso perdido, para lo cual viajaron durante tres días con sus noches.

El sino de la mala suerte continuó hostigando a los aventureros, esta vez en forma de una lobotomía parcial y una disentería crónica casi mortal. El mancebo más grueso de los que compone el singular grupo vióse aquejado por fuertes dolores en la parte cervical del cuello. Afiebrado y delirante, fue llevado a rastras a los aposentos de un famoso médico cirujano que habitaba la villa, y éste lo intervino extrayendo una fibrosa pústula que por poco causa la muerte del rollizo convaleciente. Mientras eso acontecía, una de las doncellas que alegra la vida de estos desafortunados infelices se diluía en líquidos espasmos intestinales. Si no hubiese sido por la rápida intervención del llamado "hombre de sal" (alias Copitas), la andina doncella hubiese perecido de deshidratación.

Pasados estos infortunios, los viajeros decidieron continuar en busca de su paraíso rumbo hacia el oeste, hacia la famosa llanura de Uyuni y los remotos parajes casi lunares que conducen hacia una tierra lejana llamada Chile. Tampoco habría de serles fácil este periplo, pues mientras trataban de pasar desapercibidos entre los callejones llenos de carruajes, una mano rápida y sigilosa despojó a uno de los mancebos (especialmente conocido por sus dotes de don Juan... pero de barrio) de las pocas monedas que traía consigo en su morral. Hubieron de solventar esta nueva desventura gracias a la férrea amistad que el grupo de mitayos kitus habían fraguado en las asperezas del camino que los había llevado al suplicio del cerro.
Así, fortalecidos por la esperanza con la que viajaban hacia nuevos mundos, adentráronse a recorrer regiones inhóspitas, peregrinando sin descanso por extensos desiertos salados, unicamente bendecidos por insignificantes oasis de cactáceas que apenas saciaban la sed de los infortunados. Mientras más se adentraban en este extraño mundo de rocas, volcanes y lagunas que cambian de colores, encontráronse nuestros mancebos con numerosos peregrinos de otras culturas y lenguas que, como ellos, buscaban la riqueza perdida en ese desolado y surreal rincón del mundo. En ese mundo babilónico, no faltó ocasión para medir fuerzas y derrotar a una tropa de caballeros de mirada fina venidos desde una isla remota del Asia, tratar de conquistar a un grupo de sirenas de piel nívea y ojos resplandecientes que provenían de las nórdicas tierras de Europa, y hasta pasar horas de horas embelesados por las narraciones y poemas de los bardos bandeirantes brasileños.
Fue así como prosiguió la búsqueda de la riqueza en esos inconmensurables parajes, pero la vana peregrinación tan solo los llevó a perder rumbo en un bosque de rocas arrojadas en medio del desierto por obra de un demiurgo volcánico incognoscible para la diminuta alma humana. Luego de días de recorrer sin fortuna llanuras y quebradas soñadas por tribus de escaladores de roca (cuyo ritual algunos de los infortunados mancebos practicaron con ahínco recordando sus tierras), decidió el grupo volver pasos hacia la villa maldita de donde había partido su ambiciosa empresa.

Clara resulta la lección que les ha enseñado a nuestros viajeros este fragmento de su odisea: hora es de retomar bridas, empacar alforjas, sacar a la luz sus acerados corceles y emprender nuevamente el suspendido viaje que los ha traído a estas altas y lejanas tierras de Potosí, porque no hay riqueza que valga lo que vale el latido de los corazones al son del pedaleo.
Lo que viene será otra historia.

Y otro país...