El próximo 21 de junio, en menos de un mes, el invierno se inicia oficialmente en el hemisferio sur. Eso quiere decir que apenas tengo 26 días para que esto que estoy tratando de hacer se vuelva una estupidez de manera oficial. Fuera de ello, sin embargo, dudo que sea necesario esperar la llegada de esa fecha para empezar a congelarme las pelotas, o al menos eso fue lo que pensé en repetidas ocasiones mientras me adentraba en la altura de los Andes para realizar el famoso paso entre Argentina y Chile por el paso de Los Libertadores.
Antes de eso, abandoné la acogedora ciudad de Mendoza y sus calles repletas de árboles en una mañana oscura, plagada de sentimientos encontrados y expectativas ansiosas. El primer día de viaje en solitario se me pintaba como una aventura completamente nueva, un empezar desde cero una novísima empresa como si nada de lo que hasta entonces había sucedido en este viaje tenía algo que ver con ello.
Pero no fue sino montarme a la bicicleta y empezar a pedalear para sentir de nuevo el trajín ya cotidiano de la aventura y volverme a empapar del viento, la carretera, el tráfico, los desniveles y los miles de circulitos que uno va trazando y trazando con las piernas. Lo que empezó a preocuparme en serio fue más bien la manera como la cordillera, silenciosa y oscurecida, me esperaba desde un costado del camino. Yo sabía lo que ella pensaba: "A ver... venfffffffffffff!", y no podía más que agachar cabeza y tratar de convencerme a mí y a mi bicicleta que la lluvia es solamente lluvia y nada más.
Resulta, pues, que cuado uno ha dado un paso demasiado grande (o más bien, una enorme cantidad de pasos pequeños, que sería más apropiado para este caso) ya no es posible volver para atrás. No podía dar vuelta y regresar (por más que las montañas sólo me prometían truenos y lluvia) por la sencilla razón de que no tenía a dónde hacerlo... Volver a casa en busca de refugio no es una opción cuando "casa" está a más de 7.000 kilómetros de distancia. Y si no se puede ir para atrás, entonces la respuesta a toda duda es obvia: Hay que echar pa'lante.
Con mi característica buena suerte, el mal tiempo se fue alejando conforme yo iba ascendiendo por sucesivas laderas. De hecho, para media mañana ya el cielo estaba límpido y brillante, y el paisaje empezó a mostrarse benevolente ante mis ojos y mi cámara. Avancé mucho esa mañana, sin siquiera detenerme a almorzar más que algo de mis provisiones a un costado de la carretera. Para cuando ya apenas me faltaban algo así como 40 kilómetros (según mis precarios cálculos), aún disponía de unas 4 o 5 horas de luz y no parecía que problema alguno se presentaría en esa jornada.
Pero se presentó.
Lo hizo en forma de viento: un despiadado, agobiante, poderoso y frío viento que a momentos me impedía avanzar sobre la bicicleta. En no pocas ocasiones tuve que detenerme a esperar alguna tregua o sencillamente renegar al cielo por su inclemencia y fiereza. Así fui avanzando cabizbajo, cada vez más preocupado por el paso acelerado del tiempo pero lento de los kilómetros.
Al final de ese día, luego de haber pasado casi 9 horas sobre mi bicicleta y haber recorrido 120 kilómetros (la mayor parte de subida), logré arrastrarme hasta un camping de la ciudad de Uspallata e instalar mi hogar móvil en el interior de una alameda. Mi recompensa, al menos, fue un nutrido colchón de hojas secas y una noche no tan fría.
Al despertar, el día prometía portarse bien. El paisaje espectacular de la cordillera me inyectó tantos ánimos que empecé a pedalear sonriente y convencido de que al día siguiente estaría en Chile.
El problema era que todo el mundo me advertía sobre un hecho que podía ser fatal: el paso no se abriría. Clausurado por la nieve y los deslizamientos de tierra, el camino podría permanecer cerrado por varios días, y mi aproximación a las alturas sería una pérdida de tiempo, por no decir una locura. Las numerosas playas de estacionamiento repletas de camiones a la espera de noticias confirmaban los malos augurios que me tenían asustado desde antes, incluso, de llegar a Mendoza. Ahora pienso que lo que me llevó a seguir pedaleando a pesar de las advertencias fue sencillamente el hecho de que aparte de ello no tenía nada más que hacer... ¿Esperar en Uspallata? ¡Bah! Quien no se aventura no cruza la mar...
Fui subiendo emocionado y boquiabierto por la magnitud prepotente del paisaje (algo hay de "metafísico", por así decirlo, en la contemplación de las montañas), para lo cual contribuía la casi absoluta ausencia de tráfico. La carretera desolada era completamente mía, y en ello encontré gran alegría por al menos unas cuantas horas.
En cierto momento de la mañana, cuando el viento ya empezaba a mostrarse fastidioso como el día anterior, me sorprendió una larga caravana de vehículos de placa chilena que empezaron a rebasarme apresurados. Las molestias que eso suponía para mí pasaron desapercibidas ante la certeza que tal desfile me traía: ¡El paso había sido abierto! A pesar de que sabía muy bien que ese día no me sería suficiente para llegar hasta la cumbre, los siguiente kilómetros los hice a un ritmo febril y nervioso.
Poco después vino lo que tenía que venir. La hilera de vehículos particulares se vio reemplazada por decenas y decenas de enormes camiones de carga que pasaban rozándome las alforjas y empujándome fuera de la calzada con su torrentazo de aire y su alboroto. En segundos me sentí en medio de una situación de verdadero peligro, al punto de experimentar cierto temor. Una vez más, sin embargo, lo único que podía hacer era concentrarme en la ruta y seguir avanzando.
Conforme iba ascendiendo y los macizos nevados se veían más y más cerca, la caravana de camiones se volvió un tanto más tolerable, quizá sencillamente a causa de la costumbre, capaz de atemperar cualquier situación, por intensa que sea. Volví a repetir un almuerzo ligero y rápido, como el del día anterior, y me apresuré por alcanzar mi destino de ese día, la pequeña población de Puente del Inca.
Quien no pareció muy de acuerdo con ello fue mi declarado archirival: el viento. Y esta vez vino más helado y severo, como si su empeño en detenerme creciese a medida que yo me acercaba a cumplir mi meta. La nieve empezó a decorar los costados de la carretera y yo, agobiado y tiritando, aceleré el paso por miedo a que también empezase a decorarme a mí.
Esa noche la pasé en un pequeño hostel de Puente del Inca. El frío era tal que del famoso puente apenas pude tomar una foto antes de irme corriendo a buscar refugio.
Los lugareños me informaron que apenas me faltaban 17 kilómetros para alcanzar la frontera con Chile. En términos de distancia, eso me sonaba a pan comido, pero en ese trecho relativamente corto tenía que ascender 1.100 metros más de desnivel y, como comprobaría desde temprano al día siguiente, enfrentar una tenaz ventisca de nieve y hielo para la cual no tenía ni la ropa adecuada ni la experiencia necesaria. No diré que la circunstancia estuvo a punto de vencerme, pero debo decir que, sin los 7.000 kilómetros de entrenamiento físico y mental que venía cargando, dudo que hubiese logrado alcanzar la cumbre.
Esos 17 kilómetros han sido lo más difícil que he hecho en bicicleta.
Arriba me encontré con mi peor miedo: el paso a Chile estaba cerrado. La noticia no fue sino una confirmación, pues ya bien lo sabía yo por la ausencia de tráfico durante mi recorrido de ese último tramo. Nada podía hacer en el lado argentino sino esperar que los chilenos terminen de aclarar su parte de la ruta y el tráfico se reanudase. Los carros y camiones empezaron a acumularse en el puesto de control. Mientras trataba de secar algo de mis ropas en un pequeño calefón de la estación de la Dirección Nacional de Vialidad, empecé ya a pensar en lo que debería hacer para encontrar refugio para la noche o para retornar hacia las tierras bajas en busca de calor.
Olvidaba mi buena estrella.
A eso de las dos de la tarde, los chilenos dieron la esperada noticia y los vehículos empezaron a moverse. Un transporte vino del otro lado a recogerme (está prohibido atravesar los casi 5 kilómetros de túnel en bicicleta) y, en un abrir y cerrar de ojos, un espléndido día me recibió en la República de Chile. Casi sin darme cuenta, había logrado el paso de la cordillera.
Los trámites migratorios fueron rápidos y sencillos. De ahí en adelante no fue sino descender por los famosos "caracoles" de la ruta (ahora entiendo por qué dicen que mucho más difícil es hacer el paso de Chile a Argentina que en sentido inverso) y adentrarme por la húmeda y vistosa vertiente occidental de los Andes.
Bajé riendo, festejando, brincando en mis entrañas. Una apacible y gustosa tarde me abrió las puertas de este nuevo país.

Una vez de vuelta a los 800 metros de altitud (arriba alcancé los 3.820), concluido ya el fenomenal trayecto que me había tenido nervioso y asustado por semanas, dormí profundamente en la ciudad de Los Andes.
Un día después pedaleaba ya por el corazón de la inmensa y nublosa Santiago, pensando ya en el sur y los nuevos desafíos que, según me voy enterando ya, se vienen de mano de la lluvia, los puentes rotos, la humedad y la distancia.Es la primera vez en este viaje que en realidad me siento artífice de una hazaña.
No perdamos la costumbre. Ahí van las escenitas:
Escena 1: Uno de los acogedores recintos que visitamos durante nuestra estadía en Mendoza. Salir de ese cuarto fue una de las cosas más difíciles que hemos enfrentado en todo el trayecto.
Escena 2: Las noches de camping se han vuelto silenciosas y contemplativas. Escribir el diario es ahora casi una diversión.
Escena 3: Poquito antes de empezar a cantar "Teeeengo mucho frío en el alma..."
Escena 4: Lo que el cerrito este no sabía es que un tipo ardiente como yo puede andar desnudo por la Antártida y aún así estar sudando.
Escena 5: Ya que fui siguiendo casi la misma ruta que siguió una de las columnas del ejército de San Martín en 1817, era casi obvio que debía detenerme a celebrar en el memorial de Chacabuco.
Escena 6: Are you talking to me?7.314 kilómetros recorridos.












Desde ahí fue cuestión de continuar al sur dos días más y finalmente torcer de nuevo al oeste para ser merecedores de nuestro último descanso. A pesar de que por momentos nos acercábamos bastante a la cordillera (o a alguna rama de las "precordilleras", como las llaman acá), el recorrido ha sido básicamente llano y sin mayores paisajes vistosos (aunque de vez en vez asoma por ahí algún cerro o alguna formación peculiar). Eso ha tenido nuestras cámaras más bien en reposo, porque de tomarnos mutuamente las carotas ya estamos hartos desde hace rato...
Después de Los Baldecitos dormimos en el pueblo de Astica, que fue donde sucumbimos por primera vez en Argentina a pagar un modesto hotel con cama y ducha caliente (a poco menos de tres dólares, la comodidad no se veía como crimen), frente a lo cual las carpas en medio de la plaza no se veían muy atractivas.
En fin, poco después de Difunta Correa, poco antes de que largas alamedas y extensísimos viñedos nos den la bienvenida a las llanuras vitivinícolas más importantes de la Argentina, una pequeña formación de colinas nos permitió ascender hasta un punto estratégico desde donde pudimos observar los enormes macisos de la cordillera central de los Andes y dos picos blancos que se destacaban sobre el horizonte entre las brumas de unas nubes apenas visibles que en vano trataban de ocultarlos. Decidimos, pues, en base a nuestros mapas y previas investigaciones, que el coloso más grande (el que se levantaba más al sur) era nada más y nada menos que el Aconcagua.

Escena 2: Lugareños sanjuaninos entablan alegre conversación y bochinche en honor a los recién llegados viajeros de a pedal.


Escena 6: Cuando alguien así te pasa en la carretera, uno empieza a entender por qué tanto pinchazo.










Escena 2: Santuario del Gauchito Gil, suerte de Robin Hood de las pampas que es respetado y venerado en toda la Argentina. Aunque su origen está en la provincia de Corrientes, son cientos los pequeños lugares como éste que hemos atravesado a lo largo de la ruta. Ahí la gente deja regalos, flores y velas para el Gauchito. Además de él, también es común encontrar pequeñas tumbas de la llamada "Difunta Correa" (mujer legendaria que murió de sed en el desierto y cuyo hijo sobrevivió amamantándose del cadáver), rodeadas de botellones de agua. Estos y otros son los "santos" populares de la Argentina.




















































