sábado, 14 de agosto de 2010

El futuro en las espaldas

Siento que he pasado un siglo frente a esta pantalla. No tengo nada adentro. O tengo demasiado. Realmente no sé por dónde empezar a decir lo que quiero decir, o si en realidad quiero decir algo. Adentro mío, todo de golpe: satisfacción, alegría, alivio, nostalgia, poder, tristeza. Incluso una tonelada de rabia. Me resulta imposible descifrarme luego de los últimos días de combate contra el viento y la lluvia. Se acumulan muchas cosas, cosas que he venido arrastrando por semanas y que tienen que ver con mucho más que Sherpa, yo, los caminos, la gente, los países, el viaje; cosas que, a la vez, tienen que ver con todo lo que soy y he sido en estos meses. Durante más de un año, este viaje ha sido mi vida entera: triunfo y fracaso, ilusión y decepción, amor y miedo. Ahora, con los kilómetros de Sudamérica a pedal empezando a alejarse tras mis espaldas, me siento lejos de mí. No soy yo el que está aquí esta noche. Mis entrañas vacías. Qué puedo hacer. Me avergüenza un poco sentirme así. El corazón me duele.

La gente se impacienta. Todos quieren noticias, datos, anécdotas. Me felicitan y me ponen en las nubes. Para todos menos para mí parece que hay algo grandioso escondido en estos días y estos logros. Mi padre me dice que rompa el silencio describiendo detalles sobre el último país y las últimas jornadas, que trate de poner en orden mis impresiones y que agradezca al mundo de personas que me han traído hasta acá. Podrá sonar tonto, pero a mí de pronto no me importa nada de eso. Me importa algo que no entiendo, algo que tiene que ver conmigo como persona, con la vida dando vueltas y las etapas de la existencia abriéndose, cerrándose. Sudamérica a pedal ha llegado a ser una suerte de gran escalón de vida. Estar aquí es como haber comenzado el colegio o acabar de defender la tesis de licenciatura. El fin de un gran amor lo deja a uno vacío, me dice. Incluso si uno no ha dejado de amar. Me pregunto sin pausa sobre lo que debería sentir, pero parece que no siento nada. Quiero saber qué es lo que he aprendido, qué es lo que he aprovechado, qué es lo que he logrado en realidad.

Nadie tiene respuestas para cosas así. Ningún momento de la vida se nos presenta como cosa clara, menos aquellos que hemos atravezado en constante turbulencia. Cada vez que uno se pregunta sobre quién es, sobre el lugar que ocupa en medio de las cosas que hace y que vive, el resultado es una oscura amalgama de ideas, pensamientos, emociones, creencias, hechos, búsquedas y tantas cosas más: la cadena es tan inagotable como carente de forma. Somos lo que percibimos que somos, y eso es un hallazgo que solamente puede existir en constante proceso de transformación. La certeza es el concepto más lejano a lo que llamamos vida. Somos luz rebotando entre espejos. Somos pasión y somos fe. Somos, sobre todo, tiempo.

Parte de lo que hierve en nuestras mentes termina por convertirse en actos. Las acciones, repetidas, crean hábitos, y los hábitos, formas de ser. Si tengo necesidad de subirme en una bicicleta y andar, es muy posible que termine haciéndolo. Si lo hago, entonces me convierto en eso. Repetir y repetir una misma acción eleva los acontecimientos a un nivel de esencia: soy lo que hago. Quizá por eso uno tiende a identificarse con su profesión o su actividad más reiterativa. Es músico quien compone y toca, es escritor quien escribe, es profesor quien enseña. Por ocho meses yo he sido un ciclista errante, un viajero, un explorador. Eso he sido para mí mismo y para la gente que me ha conocido en la ruta. Eso, de alguna forma, me ha definido. Es también lo que he respondido cuando, al borde de la carretera o en la plaza de algún pueblo, me han preguntado quién soy. Así, la esencia de lo que somos tiende a reducirse hasta caber dentro de una definición. Somos buenos si lo que hacemos se percibe como bueno. Somos malos si lo que hacemos es ruin. Ser y hacer parecen fundirse en una misma cosa: la persona es sus actos.

¿Es eso suficiente? ¿Qué es, a fin de cuentas, "aquello que hacemos"? Hay mucho más en cada uno de nuestras acciones que decisiones ejercidas sobre una o varias posibilidades. Actuamos siempre dentro de una vida, de un mundo, de una realidad que son mucho más grandes que nosotros y bajo los cuales estamos condicionados sin remedio. Aparte de las simples limitaciones psico-fisiológicas, nos atraviesa una trama muy compleja de símbolos, procedimientos, lenguajes, informaciones, códigos y circunstancias que elevan, a nuestro arlededor, paredes mucho más grandes de lo que sospechamos. Vivimos imaginando que el camino en frente nuestro es un espacio por descubrir, una eterna posibilidad. Vivimos fingiendo ser libres. Creemos que en las bifurcaciones que nos trae la vida se esconde el secreto de nuestra existencia, como si en verdad tuviésemos independencia para escoger entre los colores que la realidad nos muestra, capacidad plena para decidir si tomamos el sendero de la izquierda, el de la derecha o el del medio. En el fondo, sin embargo, gran parte todo lo que hacemos viene dictado desde afuera de nosotros.

Cada vez que he abierto un mapa para planificar la ruta, he creído tener un poder sobre ella, he creído ser capaz de decidir sobre el camino y el futuro. Las curvas del recorrido, sin embargo, nunca han dejado de traerme sorpresas. Nunca los lugares y las personas se me han presentado de la forma en que las imaginaba, y nunca mi tránsito por el mundo encontró lo que las informes intuiciones de mi mente esperaban encontrar en él. He dado vueltas una y mil veces sobre todos los temas que me interesan y preocupan, he vivido dentro y fuera de mí mismo centenares de situaciones extendidas entre el desafío y la calma, el sufrimiento y el placer, pero tras ello no he obtenido más que el mismo desconcierto del que partí en un principio. La voluntad misma de viajar ha sido el resultado de muchos acontecimientos acumulados durante años. No he sido yo propiamente quien ha tenido el impulso de hacer lo que he hecho: ha sido la vida (mi vida) la que ha venido a depositarme aquí tras muchas vueltas, dudas, coincidencias y regalos de la fortuna.

Ya sea manifestado en una lluvia no anunciada, una llanta baja o un camionero gruñón, el mundo se ha encargado de hacerme saber que es él, y no yo, el verdadero artífice de mis días y mis noches. Más ha sido el universo el que se ha metido en mí y me ha movido, que yo el que ha abierto su ruta a través de él. El mundo nos supera, la vida nos supera, el camino nos supera. Aún en la cumbre de nuestros logros y éxitos, las cosas esenciales, contra las que nada podemos, siempre permanecen fuera de nuestro alcance: es lo que alguien llamó la nature divine des choses. Por eso la vida es siempre más opaca en la realidad que en nuestros sueños. Más que acciones, pues, somos circunstancias, consecuencias, descenlaces que dependen de un universo muchísimo mayor que nosotros, sus simples actores. No conseguimos lo que conseguimos a costa de la realidad, sino como resultado de ella: apenas somos siluetas arrastradas (construidas y devastadas) por el paso de los días.

Parece, entonces, que ni siquiera somos lo que hacemos, sino lo que hemos hecho desde las anclas de nuestra estrecha realidad. Dicho de otra forma: somos lo que hemos podido hacer a pesar de todo. Por eso nada de lo que imaginamos tiene una correspondencia nítida en la experiencia concreta. Hay una gran diferencia entre lo que queremos ser y lo que somos, entre lo que queremos hacer y lo que hacemos. El resultado de vivir es, por eso, siempre de alguna manera adverso a nosotros mismos. Estamos condenados al eterno desface entre lo que esperamos y lo que recibimos, inevitablemente ansiosos de encontrar algo que desconocemos por completo, pero que sospechamos encierra una suerte de satisfacción plena, de seguridad sin quebraduras, de dicha total. En el fondo, no obstante, estamos hechos por el mundo, estamos solos y no tenemos posibilidad alguna de redención.

No pretendo que esto suene a un desahogo pesimista. Al contrario, creo que la idea encierra una belleza enorme. Que seamos menos artífices de nosotros mismos de lo que creemos no significa que estamos reducidos a meros juguetes del destino. Significa, simplemente, que estamos vivos. Reconocerlo, por tanto, implica reconocernos. La eterna carencia de plenitud es el motor que nutre a la vida, y hay una fuerza muy poderosa en el pequeño hecho de asumir nuestra tarea de procurar la consecusión de una armonía imposible. Para nosotros, nada más que seres humanos, esa es la clave de todas nuestras exploraciones. Todo en nosotros es búsqueda, anhelo de perfección, ansia de libertad verdadera. Nuestro vagabundear atrás de respuestas está presente en todo lo que hacemos, ya sea una charla casual con un amigo, una declaración de amor, la admiración de un paisaje asombroso o un viaje de 15.000 kilómetros en bicicleta. Nuestra existencia es, a la vez, muy poca cosa y el lugar de la más grande maravilla. Lo poco que tenemos es lo único que tenemos, es todo lo que tenemos, y como tal es irremplazable, único, irrenunciable. No puede haber nada más valioso.

En momentos de clausura, como el de ahora, se nota más el peso de la vida que nos pasa por encima. Uno necesita detenerse a digerir lo visto y lo dicho, aunque la vida en sí no permita pausa alguna. Cuando lo hacemos, no somos ni lo que creemos que somos, ni lo que hemos hecho, ni lo que hemos logrado hacer. Somos mucho más que eso. Al tomar un respiro en medio de la avalancha (no es otra cosa el tiempo), tenemos la oportunidad de contemplar lo que fuimos. Y lo que fuimos, anclado en el vaivén de la memoria, se transforma en lo que quisimos ser. Esa es nuestra puerta al infinito.

Imaginación y memoria. Veo en ello una de las claves de nuestra esencia profunda como especie. Tenemos el enorme privilegio de ser capaces de inventarnos en lo ocurrido. Es eso lo que permite toda posibilidad de sentido en nuestras vidas. Permite sanarnos de las caídas y destruirnos en las cumbres. Nos forjamos a nosotros mismos en la contemplación de nuestro pasado, y es ahí donde se produce nuestro supremo grito de libertad, nuestra inquebrantable prepotencia frente al poder de dioses y demonios. Somos ilusión, somos memoria. Somos mucho más de lo que el mundo permite que seamos. No importa el tamaño que tengan nuestras acciones, ni su duración, ni su forma. Podemos salir a comprar pan en la esquina o recorrer un continente entero: si somos capaces de admirarnos ante ello y darnos el tiempo suficiente para recrearlo en nuestra mente, el sentido de lo que somos (de lo que hemos sido, de lo que hemos querido ser) adquiere una dimensión trascendental. Nuestra memoria nos permite ir más allá de nosotros mismos. Ahí radica la dimensión de toda hazaña, la dimensión de toda condición humana.

Se me ocurre ahora que todo el esfuerzo de este diario ha sido ese: detenerse a mirar lo que pasó para admirarlo y darle forma. Ahora que he concluido el trayecto y trato de prepararme para volver a casa, siento que puedo empezar a inventarle una vida entera a lo que he hecho, es decir, a lo que he sido, a lo que he querido ser, a lo que soy gracias a ello. No puedo responder qué es lo que he ganado o perdido en este tiempo, ni qué es lo que he aprendido en cada país y cada aventura. Puedo masticar, eso sí (y ustedes un poco conmigo, gracias a todo lo escrito), el contenido enorme de las horas que he pasado buscando una oportunidad de ser lo que intuí que quise ser durante todo ese tiempo, aunque en verdad siempre lo haya ignorado.

Empiezo a atorarme en trabalenguas. Entonces me detengo y digo: "Misión cumplida". Puedo empezar a caminar hacia otro rumbo. Con ello soy feliz y triste. Soy grande y soy pequeño. Me hundo en la condición que comparto con todos los demás: hombres a la deriva.

Tendrán que perdonarme que guarde el último país y los últimos kilómetros para mí mismo. En poco tiempo, algunos (los más cercanos y queridos), estarán hartos de oírme repetir una y mil veces esos hechos poblados de vivencias e invenciones. Que me perdone el mundo por todo lo que he sido incapaz de descifrar e incapaz de recoger en mi memoria. Que me sonría, en cambio, por todo lo que he podido acumular entre las ruedas de Sherpa y mis piernas salpicadas de sudor. Está bien que en esta noche no tenga nada que decir ni sea capaz de sentir nada más que el confuso nudo de mis tripas. Eso me hace saber que, una vez más, he tenido éxito. Lo que quise ser es lo que he sido. Lo que recuerdo es lo que seré. Cuánto encanto percibo ahora en esas pequeñas palabras.

Adiós, Sudamérica a pedal. Y gracias.

Montevideo, Uruguay, lunes 16 de agosto de 2010.

19 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido Andrés.
Eres como todo ser humano un soñador, pero al contrario de la gran mayoría, has tenido el coraje de construir tus sueños y vivirlos. Eso es grande.

Cuando el 28 de noviembre de 1983 recibi en mis brazos un bebé que no lloraba sino que tenía los ojos bien abiertos (como buscando que hay en este mundo),intuía ya que eras diferente pero no me imaginé que años después, esperaría los mismos casi 9 meses para poder abrazar a un "hacedor de sueños" a un ser humano que nos ha enseñado que es posible hacer realidad lo que cada uno entiende por "ser feliz"

Mil gracias por dejarnos vivir contigo toda esta maravillosa experiencia que más que nada es una lección de vida.

Mamaguabas

Sudamérica a pedal dijo...

Madre, nací en el 81! =)

GuaMBRa CaRiSHiNa dijo...

Guabitas Maestri!! Qué buenas tus palabras y pensamientos, dejan mucho qué reflexionar! Toda la buena vibra para el fin de tu aventura!! Mucha fuerza. Un abrazote!

AAAbikers dijo...

Estimado Andrés.. y lo digo con toda la fuerza de esa palabra (estimado amigo).-

Una gran aventura ha sido recorrer con tus post toda una América, pero una mayor experiencia ha sido el poder recorrer los recovecos del alma de un joven ecuatoriano que paso a paso, con cada giro de las bielas, ha crecido, ha mutado, ha cambiado.


"Nunca mas sabrá igual el vino, después de haberlo brindado con toda la sinceridad frente a un espejo.." A tu salud !


Espero con impaciencia el poder darte un abrazo personalmente, el poder agradecerte que hayas abierto una ventana a tu alma, pero principalmente que hayas hecho que quienes te seguimos, recuperemos la fé en nuestros jóvenes.

Un abrazo y gracias..

Anónimo dijo...

Querido Andrés:

Creo que era Meursault, el protagonista de EL EXTRANJERO, el que decía que con un solo día antes de ir a la prisión tendría suficiente para recordar a lo largo de todo el resto de su vida como prisionero.

Las experiencias son necesariamente limitadas, pero nuestros recuerdos y reflexones no tienen por qué serlo. Y tu, que has logrado lo que para cualquiera sería una hazaña, recordarás toda tu vida lo que has hecho. Y por lo tanto serás distinto, más complejo, más rico, más perceptivo, más humano, es decir, "mejor" en más de un sentido, gracias a la enorme experiencia de Sudamérica a Pedal, cuyo sentido ahora parece escapársete.

Y nosotros, tus lectores, que la hemos vivido vicariamente a través de tus escritos, nos hemos enriquecido también, en forma real aunque difícil de mostrar, así como la lectura de esa novela de Camus nos enriqueció al cuestionar nuestros pensamientos, como sin duda lo hizo cuando la leímos hace tantos años.

Nos debes, eso sí, para algún otro momento, la narración de tus experiencias en Río Grande do Sul y en Uruguay, lo mismo que el dato de cuántos km marcó finalmente tu odómetro al llegar a Montevideo y cuántos terminará marcando antes de que Sherpa suba al avión en Buenos Aires.

Un abrazo,

CLC

ƒriandise dijo...

que bien guabitas! lindo post ;)
te estaremos esperando para la respectiva bienvenida!

besos!

Anónimo dijo...

GORDO... VOY A LLORARR!!!!!!

fanfarriateam dijo...

nudo en la garganta...!

fanfarriateam dijo...

lo máximo tu mami

fanfarriateam dijo...

y del post, del vacío que deja el final, tengo mucho que decir... pero creo que mas vale será EN VIVO y con treinta litros de guazpete en la sangre

feliz regreso my only

Dr. Marines dijo...

gordito!!!
q increible :)
un abrazo!
Mari

Pancho Viñachi dijo...

Gracias hermano! hasta la vista!

Mary dijo...

Mamá de Andrés, me le parezco!! ja ja Soñador y hacedor de sueños este Andrés.
Díganle a Juan Pablo que continúe con su blog, que está buenísimo.

F dijo...

Oba!

Safe trip back home =)

Beijão,

Tropic Journeys in Nature dijo...

Valeu Gordo....

Lupa Jacob dijo...

Todo este año ha sido muy leve.
Aindae fueron muy rápido estos últimos días, estas semanas.
Sin embargo,
Demasiado largo el mes de agosto.
Gran abrazo Andrés
y hasta pronto.

Anónimo dijo...

Que valiosas tus palabras guabitas. Nudos en la garganta, vacíos estomacales, son algunos de los efectos que causaron en los lectores.
Pero en nosotros solo queda esa incertidumbre de todo lo que viviste, es en ti realmente en quien se acumulan todas esas riquezas. Sin duda cada vez que te subas en ellas te llevaran de nuevo a soñar con lo que fuiste y sigues siendo alguien especial y diferente.

Te amo, tu Cuenqui.

Anónimo dijo...

estoy llorando!!

bertha díaz dijo...

Poeta, qué bello el viaje!