lunes, 2 de agosto de 2010

Dos viejos amigos

Una semana, tres países. Aunque no tiene mayor sentido pensar que las fronteras dividen drásticamente las experiencias culturales creadas y vividas por los pueblos que las habitan, de uno y otro lado, hay algunos rasgos que pueden percibirse como caracteres generales de una nación entera. Está claro que la gente -que interactúa, se mezcla, crea, pelea y comparte- puede no darse cuenta (o puede, simplemente, ignorar) la línea imaginaria que pretende separar y crear condiciones distintas del otro lado de un río o a la vuelta de una cadena de cerros. En el fondo, para la vida de la frontera, la división no existe o no es muy clara. Existen, sí, muchas separaciones y uniones, oposiciones y confluencias, y éstas se manifiestan en diversos lugares, se muestran por diversos motivos, se perciben desde diversas perspectivas, se viven en diversas formas. Nada de eso tiene que ver únicamente con las demarcaciones establecidas por una "frontera internacional": un campesino pastuzo es más parecido a un carchense que a un bogotano, un habitante de Puno comparte más rasgos comunes con los pobladores bolivianos del Titicaca que con un limeño, un gaúcho brasileño tiene más en común con un correntino que con un carioca... Eso no quiere decir que no exista un "espíritu nacional" que aglutina las regiones bajo concepciones globalizantes que crean, o pretenden crear, un sentido de país.

Las fronteras nacionales sí demarcan un sentido totalizador de una experiencia cultural. Ese sentido viene dado por varios factores: idiomas, leyes, recursos, desarrollo socio-económico... En gran medida, además, por la creación de una historia común (una historia "nacional") nutrida de símbolos que solamente adquieren sentido dentro de una demarcación territorial, por arbitraria que ésta sea. Esos símbolos son hombres, momentos, fechas, proyectos. De la valoración de esos símbolos dentro de un espacio limitado por fronteras depende gran parte de la articulación de ese espacio como una realidad cohesionada. Un argentino de la Patagonia puede sentirse representado (y valorizado) por una figura histórica como José de San Martín, a pesar de que éste, en vida, nunca tuvo una relación directa con esa región. Un brasileño de Rio Grande do Sul no puede hacerlo de la misma forma, a pesar de que el héroe nació en el mismo espacio geográfico que él habita. Los países se agrupan y se definen en torno a esos núcleos de sentido, y existen así, como ideas (como ideales) antes que como realidades concretas. Claro, la existencia práctica de los pueblos siempre llega más allá de eso, y demarca, quiérase o no, complejas convergencias y divergencias que escapan a los ideales simbólicos de lo que se entiende como "un país", pero eso no elimina la presencia de ese universo semiótico que se busca crear bajo la denominación ambigua de "patria".

Saltar de frontera en frontera, hablar con la gente de uno y otro lado de las divisiones, pasar de un país a otro, crea también un imaginario, un cuerpo simbólico, en quien lo hace. Yo me hago ideas sobre lo que son los paraguayos, los argentinos, los brasileños. Más aún, me hago ideas sobre lo que es la Argentina o el Brasil como si se tratase de personas a quienes conozco y con las que estoy acostumbrado a tratar. En mi caso actual: como personas a las que conocí en cierto momento y con las que de pronto me vuelvo a encontrar. Como cuando se piensa "ah, es este man": eso conlleva una cadena de ideas no muy claras que hacen de esa frase una suerte de definición que incluye características físicas, estados emocionales, posturas éticas y tantas cosas más. En la última semana me he encontrado justamente con aquellos dos: la gruñona y refinada Argentina, a quien no había visto desde hace dos años, y el buen Brasil, el gigante que tanto me ha enseñado y de quien no tuve la oportunidad de despedirme adecuadamente, perdido como estaba en días de lluvia congelada y nostalgia amorosa.

Los últimos días en Paraguay fluyeron bien. El clima, aunque demasiado frío a momentos, me dio una amplia tregua. No tuve que soportar lluvias e incluso a ratos pude disfrutar de temperaturas que me dejaron pedalear solamente en camiseta. El desinteresado apoyo de la gente -ese viejo descubrimiento de SAP- también ayudó a que los días dentro de ese país desfilen con alegría y emociones suficientes para sobrellevar el cansancio. Nombres y momentos hay muchos. Fernando, un artista y arquitecto asunceno, me dio indicaciones en la entrada del centro de la capital y hasta ahora comparte conmigo (por mail) sus inquietudes y deseos de viajero. Héctor, un loco al que conocí en un taller de bicicletas, me detuvo medio borracho cerca de Carapeguá y me invitó a pasar la noche en su estancia de Paraguarí, mientras me contaba a gritos que había vivido con ecuatorianos y que se consideraba "mono" (y tras ello, gritaba: "¿Quién decía 'cuando pego, pego', serrano? Bucarám, carajo, Bucarám!"). Jorge José Vera, un ciclista con quien conversé en Villa Florida, me relató su experiencia de haber cruzado el Chaco en bicicleta, por donde superó una distancia de 600 kilómetros completamente despoblados, sobreviviendo con comida enlatada y pastillas para desinfectar agua. Ricardo Luis Vera, un motociclista de San Ignacio Guazú, me acompañó durante una parchada de llanta y me regaló 10.000 guaraníes (unos 2 dólares) para que continúe con mi viaje. Eve y Olga, dos panaderos de San Ignacio, me obsequiaron una funda llena con panes dulces, confites y yogurt. Teobaldo Medina y su hijo Juan, dos albañiles que trabajaban en una obra gubernamental en la población de Gral. Delgado, ofrecieron compartir su pequeña habitación conmigo y compraron dos botellas de vino para amenizar la velada. Así...

Ya en la frontera, luego de las visitas a las reducciones jesuíticas y las reflexiones que anoté en el último post, quedaba atravezar el Paraná e ingresar de nuevo a la Argentina. Fue algo complicado: los argentinos no permitían la circulación de bicicletas o peatones sobre el puente y me hicieron volver cuando ya estaba en la mitad. Luego los paraguayos no me dejaban pedir un aventón cerca de la estación de aduana y, afuera de ella, los carros no se detenían a escuchar mis peticiones. Finalmente tuve que pagar un taxi y, del otro lado, ser interrogado mil veces acerca de cómo había atravezado el puente. Registraron mis alforjas y me hicieron preguntas, cosa que nunca había ocurrido en otras fronteras. Ah, bueno, sí ocurrió en otra: cuando tratábamos de entrar a la misma Argentina desde la frontera con Bolivia. Ya en Posadas fue imposible encontrar alojamiento por más que recorrí un amplio sector de la ciudad. Terminé por pagar el hospedaje más caro de todo el viaje (150 pesos: unos 40 dólares) por un cuarto en el que ni siquiera me dejaban compartir con Sherpa.

Me había olvidado de ese carácter gruñón y buscapleitos de los argentinos (ellos mismos se reconocen como un poco "hincha-pelotas"). Al toparme con él, sin embargo, en lugar de molestarme, me sentí como visitando a un viejo amigo. Durante la tarde, mientras paseaba por el centro de Posadas, tenía la sensación de ya haber estado ahí. Era algo en la configuración de la ciudad, en los nombres de las plazas, en la forma de los edificios y el color de los semáforos. En mi cabeza despertaban imágenes de Tucumán o La Rioja. Las palabras y gestos también se me hacían conocidos. La forma de expresarse, que para un quiteño pacato resulta confrontativa, también me traía recuerdos. La ciudad estaba más llena de vida que Encarnación. Mientras en Paraguay no había podido renovar mis zapatos porque no encontraba de mi número, en Argentina no lo logré por ser incapaz de decidirme entre tantas opciones. A pesar del frío, la gente comía en las calles, vendía artesanías, descansaba en la plaza. Apenas pude me zampé un buen sánduche de milanesa con fritas y una Quilmes. Y sí... el sabor también era cosa familiar.

El siguiente día fue de gran optimismo y fuerza. Salí con la idea de atravezar la provincia de Misiones y quedar cerca del río Uruguay, frontera con Brasil. Anduve duro, bien y lleno de alegría. Por la tarde, una indecisión y un consejo que quizá no debí escuchar alteraron mi ruta inesperadamente y me hicieron pedalear bastante más de lo esperado. Aunque no por el mismo camino, entré y salí de la ciudad de Apóstoles sin necesidad de hacerlo, alargando la tarde en por lo menos unos 25 kilómetros. Terminé por encontrar refugio en el pueblo de Gobernador Virasoro. La disposición de los pueblos que tenía adelante convertían la etapa del día siguiente o en algo bastante corto o en algo muy largo, como los días más duros. Pensé en escapar al Brasil por la primera frontera que tuviese a disposición (Santo Tomé/São Borja) pero me detuvo un descubrimiento encontrado en el billete de cinco pesos (los billetes argentinos tienen inscritas pequeñas biografías): si seguía por el costado argentino, en dos días pasaría por el pueblo natal del general San Martín.

Decidí tomarlo con calma y avanzar poco a poco, de pueblo en pueblo, en etapas cortas y descansos largos. Algunos dolores extraños en mi muslo izquierdo me impulsaban a ello. Hasta Santo Tomé, además, la mañana fue muy dura. Tuve que encontrarme con otro viejo conocido argentino que había borrado de mi memoria: el furioso viento frío que sube del sur en busca de regiones más cálidas. Volvió a llover, como no lo había hecho en días, y tuve una caída que me dejó costras y dolores en rodillas y manos. Con haber pedaleado unos 70 kilómetros ya me sentía agotado. En Santo Tomé busqué un hotel y un restaurante. Pensaba pasar la tarde dando vueltas y averiguando si el pueblo conserva o no algo de su pasado jesuítico. Sin embargo, una vez que tuve el estómago lleno, me asaltó el mismo ímpetu que siempre me asalta. ¿Por qué no continuar? No sé si es simple exceso de temeridad (esa incapacidad sagitariana de ser paciente) o la voluptuosa búsqueda de siempre vencer los límites, el asunto es que salí en busca del siguiente pueblo, a 90 kilómetros de distancia, cuando ya era la una de la tarde. Fue tremendo, excesivo, tonto. El viento en contra redujo a escombros mis fuerzas y pedalear hasta la noche por una carretera sin banquinas me puso en peligro. Terminé el día en un estado de malgenio y hambre como ya no recordaba, además de algo que no había hecho desde Chile: 10 horas de pedaleo efectivo. En invierno, eso equivale a casi todo el tiempo de luz del día, quizá más.

La novedad fue que no me sentí a gusto. En mi diario de esa noche anoté un grito en contra de ese día tan enorme y una suerte de queja en contra de mi pedaleo excesivo. Hasta hace poco disfrutaba de esas extralimitaciones. Eso me ponía feliz y me hacía sentir todopoderoso, invencible, libre. Ahora no. En lugar de alcanzar el infinito, me estoy apagando. Ya no quiero más días así. Ya no estoy dispuesto a ellos. Ya mi cuerpo y mi mente me piden pausa. Ahora empiezo a sentir la necesidad de algo de paz, de quietud. Y eso se empieza a traducir en jornadas en las que el tiempo no pasa, en las que avanzo a pasitos por rectas interminables y me detengo simplemente para echarme y ver el cielo hasta que el frío me obliga a levantarme y continuar. Lentamente. El fondo de mi mente se escapa pronto al descanso del final del día en lugar de disfrutar las pequeñas aventuras de la marcha.

Pasé una tarde larga en Yapeyú, a orillas del río Uruguay, caminando entre las ruinas inventadas que conmemoran el lugar de orígen de San Martín. La gastronomía argentina, en base de pastas y carnes que, en mi opinión, son bastante racionadas en los restaurantes, me tenía hambreado sin que me diese cuenta. Gastaba más de lo normal en completar mi plato con "guarniciones" y diversas golosinas extras. Me di cuenta de que eso era lo que más extrañaba del Brasil el día que crucé la frontera. Un buffet "a la brasileña" me dejó sentado por una buena media hora y le causó a Sherpa la sorpresa de un par de kilos más en sus espaldas. Brasil me había conquistado de la mejor manera en que se puede conquistar a un tipo como yo: por el estómago. Mientras comía como loco, me avergonzaba de algún día haberme quejado del monótono arroz com feijão. Hay que reconocerle al Brasil el logro de haberme mantenido igual de gordo a pesar de los catorce mil kilómetros. En la tarde de ese día hice amistad con unos vendedores de la plaza y entendí un poco por qué la Quilmes, amarga y seca, raspa un poco más que la Brahma, más dulce y suave (tanto que a veces llega a empalagar). Brasil y Argentina, hermanos, rivales, distintos. Por la noche, jugaba a los insultos con mis amigos a través del Facebook y me olvidaba de que estaba ahí, tan lejos, con una temperatura de cero grados recorriendo las calles vacías de la ciudad y con Sherpa, como siempre, en su fiel espera hasta que me enciendan de nuevo las ganas por continuar.

Rio Grande do Sul es el último estado que visitaré del Brasil. Resulta simbólico, ya que mis dos mejores amigos brasileños (Felipe y Jociane) son ambos gaúchos (él de Caxias do Sul y ella de Farroupilha) y fue a través de ellos, hace muchos años, que empecé a conocer este país. No conoceré esas ciudades. Tan solo pasaré dos días en este estado y recorreré no más de 100 km hasta la frontera con Uruguay. Con eso me despediré de este país que llevo ya conmigo como se lleva en la memoria a un viejo amigo. Como llevo a la Argentina y a todos los demás. Pronto pasaré a conocer al último de ellos. Siento lo de Vallejo en su poema de piedras negras y blancas. Parece que tengo ya en la memoria los días fríos, cansados y conmovedores que me llevarán hasta Montevideo. Parece que recuerdo ya las calles de esa ciudad, los rostros no vistos bajo el cielo blanco, la comida y el dolor en las piernas durante los últimos días de marcha.

La pila empieza a agotarse. El viaje también, por suerte. Cuando me acercaba a Bariloche, hace poco más de dos años, la cosa era muy distinta. Allá me detuvo el hielo de la Patagonia, la falta de dinero, la ausencia de planes. La llama que me movía, sin embargo, seguía ahí aún después del último día. Por eso salí de nuevo. Por eso estoy aquí. Ahora, en cambio, siento que merezco darle un punto final a los asuntos de este viaje, que merezco ya un descanso. Montevideo está a unos siete, ocho días. He crecido tanto en fuerza y resistencia que no parece haber nada que pueda impedirme conquistarla. Voy, pues, a terminar la ruta, pero mi corazón viaja ya hacia otra parte, pensando cada vez más en mi familia, mi novia, mis amigos. Quiero sentarme a cenar entre mi padre, mi madre, mis hermanos, y oír sus historias cotidianas. Quiero hablar estupideces, beber y reír sin parar con mis amigos. Quiero estar con Cuenqui y disfrutar de ese tiempo sin apuros, sin agotamientos ni hazañas.

Cuán grande todo esto. Miro para atrás y no me reconozco. ¿En verdad he sido yo el que lo ha hecho todo? ¿De dónde saqué el coraje para estar aquí? En un parpadeo se me cruzan tantas imágenes, tantos momentos, tantos caminos y rostros. Siento que he doblegado a Sudamérica tanto como ella me ha doblegado a mí. Ha sido increíble. En conjunto, es más de un año de mi vida el que he invertido en esto de pedalear por el continente. Han sido más de 20.000 kilómetros y más de 200 jornadas de buen pedaleo.

Parece suficiente.

Quiero terminar ya.

Uruguaiana, Rio Grande do Sul, martes 3 de agosto de 2010.

14.179 kilómetros recorridos.

7 comentarios:

fanfarriateam dijo...

Chuta hermano!!!
qué emoción, siempre consigues sorprenderme con todo lo que cuentas y ahora con este final que se acerca, como una sentencia.
Te adelantas ya a tus recuerdos, sientes ya nostalgia de tu último peldaño que se mezcla con la alegría del retorno a casa.

Vive hasta la médula este día y cada uno de los que escribirán y cerrarán con broche de oro tu viaje por sudamérica.

Acá todos te esperamos y te seguimos hasta el final!

Te quiero mi guañuzis

Anónimo dijo...

¡Vaya! ¡Por fin estás cansándote de tanto pedaleo! ¡Ya era hora! Lo que asombra no es eso, sino el que tengas tanta fuerza, tanta constancia y tanta lucidez para entenderte y comunicarte.

Ahora sí podemos decirte "¡Ánimo, que ya falta poco!", como quiso decirte y no te dijo en algún post reciente un amigo desconocido a quien también espero conocer pronto.

Sigue. Disfruta. No vayas demasiado rápido ni hagas jornadas demasiado largas. Vence, una vez más, la distancia, el viento y el frío. Conoce tan morosamente como sea posible en medio de tu peregrinar a los últimos amigos. Y regresa después a tu patria, donde tantas personas te esperamos con los brazos y el corazón abiertos.

Te envío un fuerte abrazo.

CLC

F dijo...

=)

Anónimo dijo...

Felicidades hermano, la determinacion esta, sigue ahi y seguira para otras aventuras!

Lindo viaje, lindos relatos.

Fuerza!

JFDS

Lupa Jacob dijo...

Quanto é grande tudo isso!!!
Forte abraço amigo.

PAMELA Y JAMIL dijo...

HOLA! SOMOS PAMELA Y JAMIL. JAMIL ES ECUATORIANO, DEL ORIENTE, YO SOY URUGUAYA, NOS CONOCIMOS POR INTERNET Y ESTAMOS DE NOVIOS VIVIENDO EN URUGUAY. LA VERDAD ES QUE DEBIDO A QUE EL MUNDO ESTA LLENO DE COINCIDENCIAS, A TRAVES DE MI PROFE DE ARTE SUPIMOS DE VOS Y TU VIAJE. FELICITACIONES! ES INCREIBLE! UNA GRAN AVENTURA DE LA QUE SE NECESITA UN GRAN VALOR. LEIMOS LO QUE ESCRIBISTE EN EL BLOG CON ATENCION, Y ES SORPRENDENTE. TE CUENTO QUE AQUI EN MONTEVIDEO HAY UNA COMUNIDAD ECUATORIANA, SERIA MUY LINDO REALMENTE SI TUVIERAS OPORTUNIDAD DE CONOCER A LOS JOVENES, QUE SON LOS QUE ESTAN MAS UNIDOS. SERIA UN LINDO RECUERDO. NOS REUNIMOS PARA ESTAR EN CONTACTO, CONTAR EXPERIENCIAS Y COCINAR COMIDAS TIPICAS DEL ECUADOR, CON EL FIN DE QUE CADA UNO DE LOS ECUATORIANOS QUE ESTAN VIVIENDO AQUI, SE SIENTAN POR UN MOMENTO COMO EN SU PAIS. SALUDOS Y CUALQUIER COSA CHABELA IVALDI TIENE MI MAIL SI QUERES CONTACTAR CON NOSOTROS! SALUDOS Y ANIMOS!!!!!

Anónimo dijo...

va concluyendo y se va cerrando de a poquito no? ya hay otro tono en lo q escribes también... acá te espero con cama, comida y bebida para q cierres con broche de oro! -me pondré a leer las pequeñas biografías de los billetes q ni bola les había parado-
abrazo grande guabinhas, por acá, ahora llueve fuerte, pero los días cambian rápido y ojalá se vengan unos buenos para salir a caminar! besos!

io