lunes 31 de marzo de 2008

Soles por bolivianos


Salir de Perú ha significado, tras un periplo de más de 3.000 kilómetros y dos meses de viaje, la compleción de un objetivo anhelado entre brumas y sueños desde los años de nuestra adolescencia. Aún incapaces de asimilar lo que ese país nos ha dado en estas pasadas semanas, estamos obligados a pensar en lo que se nos viene de ahora en adelante, y Bolivia se nos dibuja brillante y atractiva como un universo apenas nacido que pide a gritos ser descubierto, pero a la vez incierta e imposible, como un acertijo planteado en un idioma desconocido.

Aún antes de llegar a Puno nos escoltaba ya, desde el lejano horizonte oriental, la magnífica Cordillera Real, emblema del norte boliviano y orgulloso gesto con el que este nuevo país parecía saludarnos desde lejos. Pero para llegar a transitar a sus pies todavía debíamos cubrir las últimas etapas de la aventura peruana y atravesar decenas de kilómetros por las frías pampas del altiplano.

Acostumbrados ya a empezar a pedalear tarde y a distraernos con cualquier atractivo del camino, apenas a unos 8 kilómetros de Puno nos detuvimos ante una primera sorpresa: un grupo de formaciones rocosas redondeadas que ofrecían, además de un peculiar espectáculo visual, abundantes rutas de escalada. Charlie Pérez, uno de los dos machos que comandan nuestra expedicón, tardó poco en calzarse sus pies de gato y amarrarse una bolsa de magnesio en la cintura (la razón por la que estos dos artículos hayan estado presentes en las alforjas de Charlie nos es completamente desconocida y, al igual que a ustedes, todavía nos sorprende) para empezar a trepar como araña por los recovecos del muro.


El entusiasmo del resto de la tropa fue menor, y finalmente tuvimos que abandonar a la saltimbanqui Carlita para que se deleite a sus anchas en las paredes rocosas mientras los demás seguíamos avanzando...


Las sesiones fotográficas (cada vez menores por lo acelerado del pedaleo y la pereza que se va acomodando en nuestros lentes) no fueron muchas hasta la llegada a Juli, primer descanso de esta nueva etapa. El pueblo finalmente apareció unos 10 kilómetros antes de lo previsto por los mapas, lo cual nos dio un tiempo considerable para explorarlo y disfrutarlo.

Llamado "la pequeña Roma" o "el Vaticano del Perú", Juli ostenta numerosos templos grandes y suntuosos que indican una importancia que en realidad nunca entendimos en donde residía. Al parecer, en un intento por detener el traslado masivo de indígenas hacia las minas de Potosí (lo cual equivalía casi a una sentencia de muerte), muchos sacerdotes de la Colonia proyectaron la construcción de templos monumentales en toda la región que circunda al lago Titicaca. Juli, por lo visto, fue especialmente favorecido por esta política: los vestigios de ese pasado monumental todavía viven en las esquinas y plazas del pequeño pueblo.


Esa noche la pasamos al interior de una escuela bastante cuidada y limpia desde la que teníamos una gran vista del lago y las lomas de los alrededores. El problema fue que, entre comidas, paseos, fotos e Internet, nos pasamos de nuestro toque de queda y volvimos a las instalaciones algo tarde. Resultado: allanamiento masivo de la institución, no sin dejar de llamar fuertemente la atención de los transeúntes nocturnos y otros vecinos de la calle.


En fin, la llegada de los escueleros a la mañana siguiente fue el aviso de que debíamos continuar con el viaje. Ese día avanzamos con relativa rapidez hasta Yunguyo, última población del lado peruano en la que comimos un almuerzo memorable compuesto de sopa de maíz, tallarín verde y papas en salsa de maní. Luego de ello cambiamos nuestros soles por pesos bolivianos, hicimos algunas llamadas para despedirnos de algunos personajes peruanos que recordaremos en mucha estima y nos echamos en la plaza a dormir plácidamente.

Los que no se mostraron tan relajados como nosotros fueron los agentes de la oficina de migración de la frontera. Resulta que David y Carla, en un despiste que ellos insisten en atribuir a las autoridades peruanas y por el que armaron toda una escenita que casi causa un conflicto binacional, se habían pasado por algunos días del límite de permanencia en el Perú que les había sido concedido en Aguas Verdes. Mientras pagaban multas y proferían comentarios punzantes que incluían palabras de alto calibre como "incompetentes", "ineptos" y hasta "corruptos", el resto se debatía entre los trámites al otro lado de la frontera y la degustación de las primeras delicias cerveceras bolivianas: todo un rito fronterizo.
La primera ciudad que nos recibió en Bolivia fue el famoso puerto lacustre de Copacabana, anclado en una pequeña bahía paradisíaca del Titicaca y punto de partida de numerosas expediciones turísticas por el sector. Nosotros no quisimos imbuirnos en ese mundo, en parte por percibir desde el inicio un ambiente de turismo saturado que ya hemos criticado en otras ocasiones y en parte por la ambigua emoción que nos invadía por llegar rápidamente a La Paz y concluir así la tercera gran etapa de nuestro viaje.


Eso hicimos, pues, en los siguientes dos días: primero hasta Huarina (otro pueblo ribereño del Titicaca, esta vez del lado oriental, cuna del famoso Mariscal de Zepita, Andrés de Santa Cruz) y luego hasta el mismísimo centro de la gran La Paz.

Entre lo más notable de estos dos días se destaca nuestro encuentro con la Selección Boliviana de Fútbol, que entrenaba a perfil bajo en una pequeña cancha de fútbol situada a pocos metros de la ribera del lago. Pensando en la gloria que conseguiríamos si derrotábamos a tremendo equipo en la altura de La Paz, planteamos el reto futbolístico inmediatamente y con el espíritu lleno de fe en el triunfo. Ambos equipos jugaron con empeño y sacrificio, pero los ecuatorianos sufrimos numerosos reveses, con caídas y revolcones por el ripio, que terminaron por quebrar el temple aguerrido de nuestras filas y provocaron una vergonzosa derrota 3 a 1. Nuestro único gol, además, se logró cuando David "la fiera" Coral infringió una notable falta al arquero rival y anotó prácticamente arrancándole la pelota de las manos a patazos.

El encuentro, trágico para nosotros pero eufórico para nuestros rivales, terminó en un brindis con Quina Kola y una sesión de fotos al borde del lago.

Olvidábamos decir que la "Selección Boliviana" a la que nos enfrentamos era de categoría sub-10...

En ese tipo de ambiente nos fuimos acercando a la capital boliviana hasta que finalmente entramos en ella el viernes 28 de marzo, 76 días después de haber salido de Quito.

Aquí en esta ciudad, increíble por su locación y su disposición, hemos vuelto a repetir nuestra ya casi acostumbrada actitud de turistas descarriados: visitamos museos, mercados, las plazas del centro histórico, la famosa "Calle de los Brujos" (donde se venden amuletos de todo tipo, desde fetos de llama hasta piedras para encontrar el amor), el correo boliviano (la típica sesión de envío de regalos), el tradicional barrio de El Prado...



De todo esto, debemos decir que todos hemos tenido la impresión de que esta ciudad y Quito comparten muchas semejanzas, no solamente en lo arquitectónico o lo relativo al trazado urbano, sino en la actitud de la gente. Quizá sea la vez que más en casa nos sentimos desde que iniciamos el viaje.
El segundo día de descanso lo pasamos a cargo de Gonzalo Fernández, un amigo paceño de la mamá del Juan Fer que nos llevó a las ruinas de Tiwanaku y luego nos hizo un largo recorrido por La Paz y sus alrededores. Gracias a él, a su gentileza y buen carácter (pues sorprendentemente aceptó sin problemas nuestro humor patán y desenfadado), hemos podido apreciar mucho de esta ciudad animosa que se desparrama difícilmente por una inmensa abertura que baja desde el Altiplano. Todo el recorrido que hicimos con él fue intrigante y enriquecedor, por lo que ahora sentimos tener una imagen mucho más amplia de lo que este país ofrece.


Gracias, Gonzalo!!!

El reto que hemos emprendido en esta nueva etapa, la etapa boliviana, no nos causa temor alguno, pero nos enfrenta irremediablemente a lo que hasta ahora hemos hecho y a lo que todo ello significa y debe (o puede) significar en nuestras vidas. Algo nos dice que todo lo que venga después de este gran trayecto deberá ser necesariamente distinto a lo que había antes de él, aunque en apariencia siga siendo igual.

Al tercer día de descanso en esta ciudad encañonada de La Paz, el altiplano empieza a llamarnos insistente con todo su misterio y belleza casi incomprensible. Ahí estaremos, pues: ansioso nos espera el corazón de este país que de por sí es un pétreo y convulso corazón sudamericano.

Sonreímos al imaginar el sin número de parajes bolivianos que atravezaremos y de los que por lo pronto no tenemos ni siquiera noticia.

4.007 km recorridos

La Paz, Bolivia, lunes 31 de marzo 2008

martes 25 de marzo de 2008

Se acercan Bolivia y los 4.000 kilómetros... so what?

La salida de Cusco fue lenta y perezosa. Más que descansados, todos teníamos una severa resaca moral y física. Sin embargo, una vez fuera de la ciudad volvimos a conectarnos con la onda del viaje y nos sentimos aliviados y contentos por no tener que presenciar más el descuelgue de nuestros ahorros debido a tanto turismo.

Las bicicletas, gracias a Edy (un mecánico de Cusco un poco despistado pero bastante hábil), volaban como si fuesen nuevas. Eso, sumado al buen estado de la carretera y a los nuevos bríos que tomamos con tanto "descanso", nos permitió avanzar muy rápido en las primeras etapas.

Todavía cerca del Cusco, tuvimos un placentero encuentro con Carlitos, solitario ciclista argentino de la provincia de Entre Ríos, que venía pedaleando desde Jujuy, por toda Bolivia (siguiendo la ruta que nosotros seguiremos en el próximo mes), con rumbo a México. El tipo era muy canchero y parecía estar muy contento de encontrar gente en su mismo patín con la cual hablar y compartir experiencias. De hecho, nos sugirió varios lugares para conocer en la Argentina y hasta trató de entusiasmarnos con una nueva ruta: dirigirnos por las provincias norteñas de Argentina para llegar a las cataratas de Iguazú en lugar de continuar hacia Mendoza.

Si tal cambio se confirma, serán informados...

El primer día dormimos en una pequeña escuela de Quiquijana. Se nos complicó un poco conseguir hospedaje, pero, como siempre, finalmente logramos acomodarnos de a gratis. Lo notable de la noche fueron unas constantes y misteriosas llamadas de parte de un personaje argentino un poco ronco que preguntaba por uno de los integrantes del equipo, pero todo ello fue tan confuso que en realidad no podemos ofrecer mayor información...

Al siguiente día continuamos rumbo sur-este hacia Sicuani, un distrito bastante poblado donde una vez más los bomberos nos recibieron con los brazos abiertos.


La ciudad estaba en pleno fervor de Semana Santa, y por ende todo tenía un aire santificado. Menos nosotros, claro... siempre con la lujuria insatisfecha en las venas. Lo que ven a continuación no es montaje. Mala suerte que tal momento de iluminación no nos haya hecho arrepentir ni un poquito de lo vivido.

Con todo, parece que la Semana Santa se vive de manera muy parecida a lo que se vive en el Ecuador: procesiones por todo lado, misas, ayunos, películas sobre la vida de Cristo día y noche en todos los canales, etc. Con nuestros amigos los bomberos tuvimos la oportunidad de asistir a una bendición especial.

De Sicuani emprendimos el ascenso al último paso elevado que tendríamos que atravezar antes de entrar al famoso altiplano: los páramos de La Raya. Fíjense: como a los pasos elevados acá en el Perú se los conoce como "abras", en la punta del páramo, además de espectaculares paisajes, encontramos un cartelote que decía "ABRA LA RAYA". Así como lo leen. Los que no se estén carcajeando en este mismo momento, pues no son de los nuestros...

En fin, antes de tal regocijo de altura (pues dicha abra se encuentra a los 4.330 msnm), tuvimos un par de encuentros peculiares.
El primero fue con un gemelo perdido del Juan Fer "la alpaca" Dueñas.
Helo aquí:
El segundo fue más emocionante. Cruzamos camino con Christian y Claire, un quiteño y una gringuita (o gringota, más bien) que venían recorriendo en bicicleta nuestro mismo itinerario, pero en sentido contrario. No solo eso: ellos habían salido de Santiago de Chile y llevaban marcados casi 3.500 km, mientras que nosotros, habiendo salido de Quito, marcábamos lo mismo. Se trataba de un encuentro casual justo en la mitad de ambos viajes.
La emoción de percatarnos de tal hecho, más la causada por escuchar en otras bocas expresiones del tipo "qué del puktas!", "chucha, loco!", "esos manes sí te acolitan...", "de leyzazo en Quito nos vemos pa chuparffff!", etc. hicieron del encuentro una experiencia muy divertida y llena de energía.
Saludos a ese par de tigres viajeros y suerte en el resto de su trayecto!!!
Una vez que atravezamos La Raya, entramos en una zona bastante distinta a lo que habíamos visto hasta entonces. Los paisajes de montaña nos dejaban sorprendidos conforme íbamos entrando al gran altiplano andino que se extiende entre Perú y Bolivia. Además de eso, la cercanía de algunas montañas nevadas volvió el trayecto sorprendente y muy placentero.
El que más disfrutó el paisaje fue Charlie, el más varonil y macho del grupo. A continuación, una foto:
Ese día, para cerrar con broche de oro, llegamos al hermoso poblado de Santa Rosa. Ahí trabamos amistad con doña Ruth, una señora muy amigable que nos ofreció comida típica de la Semana Santa (sopa de leche, revoltijo de fideo, arroz con leche, agua de manzana, etc.) y nos ayudó a conseguir hospedaje. A fin de cuentas, quien terminó por resolver nuestro problema de alojamiento fue el padre Pablo, un sacerdote norteamericano afincado ya por varios años en la sierra del Perú. Gracias a él dormimos casi gratis en un hostal sumamente cómodo y agradable.
Doña Ruth y su familia también nos prepararon el desayuno y estuvieron presentes para despedirnos y desearnos suerte.

De ahí en adelante, casi todo el trayecto se lo ha hecho al interior de este gran altiplano al que recién estamos empezando a explorar. La facilidad de este nuevo relieve nos ha permitido relajarnos un poco y avanzar con relativa calma.
Hasta hemos tenido el tiempo necesario para organizar simulacros de unidad grupal y buena convivencia como el que se muestra a continuación:
Tampoco ha faltado uno que otro cartel frente al cual no hemos podido evitar caer en sesudas contemplaciones filosóficas.

De Santa Rosa pedaleamos más de 100 km hasta la pequeña comunidad de Calapuja, la cual nos recibió con "full buen ambiente": un grupo de profesores que festejaban entre copa y copa el cumpleaños del director de la escuela local nos prestó un aula para que durmamos. El chistecito nos costó 10 soles, por motivo de un "cariñito" del que no recibimos ni una gota, pero al menos estuvimos bajo techo... El festejo de nuestros querido anfitriones se extendió toda la noche al ritmo de huaynos y bailes, todo lo cual presenciamos de lejitos, algo molestos por no poder dormir a causa de la bulla, y envidiosos por no poder participar del jolgorio.
Finalmente, luego de pasar por la desordenada y revoltosa ciudad de Juliaca, llegamos a la ciudad de Puno tras contemplar por primera vez las aguas del enorme lago Titicaca.
Con la llegada a Puno, el grupo se vio forzosamente dividido entre machos y hembras. Por un lado, los aguerridos e insensibles Andre y Charly se adelantaron sin piedad y arribaron temprano a la ciudad, tal como estaba planeado. Ahí consiguieron alojamiento donde los bomberos, como es costumbre. Pero solo lo consiguieron PARA ELLOS.
Las hembras (Nene, Gordo, Turrón y Drunken Rat) se retrasaron varias horas con pretexto de admirar las florecillas del camino y preparar ciertos souvenires virtuales del tipo "romantic garbage" destinados a sus machos que ellas creen que las esperan en Quito y en otras ciudades. Esa sesión muy poco de kamikaze latino les costó la pernoctada en el cuerpo de bomberos. Por suerte, el IPD (Instituto Peruano del Deporte) los acogió en los camerinos del estadio local.
El siguiente día, que era de descanso, lo aprovechamos para ir a conocer las famosas islas de los Uros, algo así como enormes embarcaciones flotantes, hechas de totora, sobre las que viven numerosas familias del sector. Esta costumbre antigua ahora sobrevive gracias al turismo, pues todos los días llegan propios y extraños para conocer esa peculiar forma de vida, comprar artesanías y comer truchas de lago.
Un breve paseo en una embarcación de totora terminó en chapuzón en las frías aguas del Titicaca. Los únicos valientes fueron la Andre y el Guabas. El resto, rompiendo flagrantemente las normas básicas del kamikaze latino, permanecieron acobardados en el barco.

Para terminar, sin cansarlos más, los dejamos con las habituales escenas de la vida cotidiana.

Escena 1: Parada de descanso en pueblo paradisíaco.

Escena 2: Geisha andina demuestra sus habilidades a los amables campesinos del sector.

Escena 3: Kamikazes latinos se tornan débiles cuando piensan en sus machos. Hora de la mariconada auspiciada por el "petit comité".

Escena 4: Flower power. Grupo Pop-rock-latino revelación.

Escena 5: Gladiador de totora entrena con una red de pesca, a la usanza de sus ancestros uros.
3.701 km recorridos.
Puno, 24 de marzo de 2008.

jueves 20 de marzo de 2008

Esto se pone débil

El torrente de acontecimientos que se han agolpado sobre nosotros durante los pasados 11 días nos han mantenido más alejados de lo habitual de este farandulero blog. Sin embargo, volvemos ahora con brío y desenfado para tratar de resumirles nuestrás últimas aventuras. Como se irán dando cuenta por la foto que funge de portada de este post, por acá la cosa se está poniendo débil. En lugar de dedicarnos a las sacrificadas pedaleadas diaras, con sus consabidos problemas logísticos, la sostenida incomodidad y los continuos dolores musculares, en estos días nos ha dado por andar turisteando durísimo por la impresionante ciudad del Cusco y sus alrededores. No es de admirar, pues, que comprar baratijas para adornarnos y para adornar a ciertos personajes quiteños que no se lo merecen ha sido una de las principales actividades de estos días.

Todo apuntaba hacia lo débil ya desde los días previos a la llegada a esta antigua ciudad de imperios y reyes. No bien salimos de Abancay, lo sinuoso y difícil de la larga cuesta, combinado con un exceso quién sabe qué tan saludable de hojas de coca, empezamos a desvariar en filosofadas mediocres, poesía de cafetín y reflexiones truchas acerca del tiempo, la muerte y otros menesteres por el estilo. De todo ello solo se recuerda un video bastante trolo en el que Guabas Turrón Landázuri profería perlas del tipo "el camino es una metáfora del tiempo" o "quisiera saber cuánto de esto quedará en nosotros", al tiempo que filmaba el paisaje y de cuando en cuando le hablaba a la lente.

Quien lo salvó de la locura filosófica fue nada más y nada menos que Marito, "la rata trepadora" (ya sabrán por qué...).

Más arriba, en medio de la tenaz subida, el resto del grupo trataba de mantener la mente sana en base a carbohidratos y dulces. Aún así, nadie en la siguiente foto parece mantenerse muy en sus cabales.

Pero el ascenso finalmente terminó, así como nuestras reservas de la hoja sagrada, y lo que nos esperaba al otro lado del lluvioso páramo (en cuyo paso se desató una sesión de blasfemias que por respeto no puede ser recordada aquí pero que quedará inscrita con letras de oro en la historia de la guasería más vil y desenfrenada) era un descenso hermosísimo y relajado en el pavimento.
Llegamos caída la noche a Curahuasi, de donde partimos al siguiente día para internarnos en el famoso Cañón del Apurímac. Hay quienes dicen que se trata del cañón más profundo del mundo, pero hemos visto ya algunos que reclaman el mismo título y francamente no sabríamos a quién darle la razón. Y francamente, también nos importa un carajo...
De todas formas, no tuvimos mayor oportunidad de internarnos en ese lugar. Poco después de cruzar el río empezamos otro largo y sinuoso ascenso hacia la población de Limatambo. Lo interesante de este trayecto, o más bien dicho lo "destacable", fue la forma como el dúo de ratas que sonríen en la foto adjunta se atrevieron a tomar la delantera. Rompiendo todas las reglas del juego, las alegres piltrafas Salvador y Loza hicieron gala de su sapería y subieron gran parte de esa nueva cuesta haciendo lo que más les gusta, o sea, AGARRADOS DEL TUBO. A ningún momento dudaban en aproximarse a cualquier camionero que pasaba y, usando dudosas técnicas de coqueteo, lograban que éste los remolcase. Los muy caraduras se soltaban metros antes de rebasar a alguno de sus sufridos compañeros y los rebasaban expresándoles frases del corte: "cansado, no?" o "dale, vago!". Helos aquí:

Por su parte, un personaje del ayer volvió a hacer mérito de presencia, mas no por sus logros deportivos, si no una vez más por su particular debilidad gastrointestinal. Hablamos, sin duda alguna, del mítico Urlin Sandro Kangás, alias el Mangle Vomitón, el mismo que hace ya tiempo, en jaranas singulares, dejó su huella imborrable en casa ajena. Luego durmió sobre ella. (Te acuerdas, Naco?)
El punto es que el Juan Fer se fue pedorreando en un taxi hasta el Cusco, y dejó a los 6 restantes (incluyendo a las ratas), pedaleando duro bajo la lluvia. El día lo salvó una humilde señora (Gloria), que nos ofreció su casa para que pernoctemos y hasta nos cocinó una buena merienda. Esto fue en la pequeña comunidad de Pampaconga, a unos 70 km del Cusco.
Así pues, al terminar la subida del siguiente día, nos internamos en una zona que por acá conocen como "pampas", es decir, planicies interandinas, con pequeños desniveles entre valle y valle, algo así como las hoyas y los nudos en el Ecuador, aunque más pequeños.

Finalmente, luego de un par de horas de pedalear en ese hermoso paisaje, con las bicicletas al borde del colapso y bastante agotados por el cansancio acumulado, alcanzamos nuestra segunda y muy ansiada segunda meta en este viaje: el Cusco, ciudad imperial.
Sobra decir que nuestra primera impresión de la ciudad fue impactante y de gran asombro. De hecho, no hemos dejado de estar sobrecogidos por la hermosura, la historia y el misterio de esta ciudad.

Postales de mi tierra: Los 6 pedalistas llegando y posando en la famosa Plaza de Armas del Cusco. Atrás, la Catedral.

Postales de mi tierra 2: la Iglesia de la Compañía de Jesús.

Postales de mi tierra 3: un anciano habitante de la ciudad imperial camina por una de sus callejuelas.

Postales de mi tierra 4: vista de la Catedral en vísperas de Semana Santa.
En fin, habría mucho qué decir y mostrar sobre esta ciudad. Tampoco es posible evitar la evidente comparación con Quito y su centro histórico, pero ese trabajo se lo dejaremos a otros más entendidos. Lo nuestro fue aprovechar el descanso para enardecer nuestros más bajos instintos.
En la siguiente gráfica, la rata Loza se despide del grupo con ingentes cantidades de alcohol en su sangre. La fiesta apoteósica y apoptósica continuó en el bar "Mithology" hasta altas horas de la madrugada. De todo ello poco puede decirse... porque poco nos acordamos.
No los entretendremos con más de la vida nocturna (los interesados que averiguen por su cuenta. Sigamos, más bien, con lo que sí se puede contar: el turismo.

Como buenos quiteños, empezamos meando en el muro. Nadie nos dijo que se trataba de la pared de un monumento milenario: Sacsayhuamán. El significado de esta palabra... lo desconocemos, pues existen tantas traducciones como guías de city tour. Y guías hay muchísimos en el Cusco...

Dedicamos varios días a pasearnos por la ciudad y las ruinas aledañas, pero todo eso, en lugar de permitirnos disfrutar de toda la inmensa riqueza arqueológica y cultural del Cusco, nos puso de mal humor y nos dejó un gusto amargo del turismo salvaje y masivo que se practica en este tipo de lugares. Acostumbrados a un turismo mucho más libre y auténtico, que era el que veníamos haciendo en nuestras bicicletas, el choque con el turismo predeterminado, "organizado" y simplón que manejan las agencias y los tours fue especialmente molesto para casi todo el grupo.
Además, no podemos pasar por alto el adebacle que significaron para nuestro presupuesto estos días de descanso y turismo en la capital histórica del Perú: gastamos casi la misma cantidad de dinero en aquí que en todos los dos meses que nos tomó venir.
No se engañen por las sonrisas de las siguientes fotos: sin querer desmerecer la magnitud de todo lo que hemos visto en estos días, queremos expresar nuestra decepción por todo este turismo "de cartón", excesivamente caro y elitista, que rodea al Cusco y sus ruinas.

Postales de mi tierra 5: turistas hipócritas sonríen. Lo que en verdad querían hacer era seguir meándole al muro.
Postales de mi tierra 6: Charly, la gringa más pero más sufrida del mundo, posa sonriente junto a la ciudadela de Pisaq.

Postales de mi tierra 7: No todos pudieron fingir la sonrisa luego de la visita a Ollantaytambo.

Algo que no dejó de sorprendernos, como a lo largo de todo nuestro viaje, fue la imponente presencia de la cordillera. La Carlita casi se muere cuando empezamos a ver los primeros glaciares y cerros que circundan al Cusco. De hecho, planea volver en julio para escalar algunos de ellos.

El paisaje del ocaso, mientras nos acercábamos al pueblo colonial de Chinchero, fue lo que más nos impresionó de todo el día de visita al Valle Sagrado:

Lo que sí no dejó nada que desear fue la impresionante visita a Machu Picchu. Casito que nos la perdemos, porque como verdaderos kamikazes latinos, la noche anterior no la dedicamos a descansar, sino a degustar variadas rondas de happy hours, muy comunes en la ciudad de Aguas Calientes. Lo que parecía ser una velada tranquila y de amistad, terminó en lo que siempre terminan este tipo de veladas: visitas a la licorería en la madrugada (auspiciadas por la policía local), parejas bajo los faroles, búsqueda y adquisición de sustancias sicotrópicas, amanecidas en la plaza (por incapacidad de retornar al hotel), etc.
Resultado: FIVE STILL ALIVE, ONE DRUNKEN DEATH RAT.
Pero bueno, ese tipo de detalles no nos interesan ni a nosotros ni a nuestra estimada audiencia, así que continuemos con la visita (de todas formas, no hay de qué preocuparse: la "drunken rat" Coral fue hallada sana y salva al siguiente día, al interior de la ciudadela de Machu Picchu).
Esta imponente (por decir lo menos) ciudad inca nos sacó a todos del chuchaqui y nos tuvo boquiabiertos durante las 5 o 6 escasas horas que duró la visita. La ciudad, que está literalmente en las nubes, apenas nos permite imaginarnos la forma en que fue construida y el tipo de vida que llevaban sus habitantes. A todos nos quedaron grandes interrogantes y reflexiones acerca de la vida americana precolombina y todo lo que ello significa aún en nuestra realidad presente.
Para no alargarnos el cuento, en el Cusco nos quedamos una semana entera. Algo de todo lo que ocurrió en esos días pueden apreciar en la ya habitual sección de imágenes de la vida cotidiana:

Escena 1: Estiramiento incaico muy común en la época imperial. Una minoría de estudiosos todavía dudan de que las puertas hayan sido concebidas para este propósito.

Escena 2: Como bien se sabe, un día de chuchaqui es un día perdido.

Escena 3: Confundido por la severa intoxicación, Mario no se da cuenta de que en realidad NO está triunfando.

Escena 4: Manon y Anita. Un par de alegres turistas que nos hicieron la vida más fácil. Ellas sí que triunfaron.

Escena 5: Un apacible paseo nocturno al pie de los muros cusqueños.

Escena 6: Los hinchas del Cienciano celebran la avasalladora victoria sobre el Sportin Cristal. Marito fungió como corresponsal de deportes.

Escena 7: ANOTHER DRUNKEN DEATH RAT.

Esena 8: Trovador de altura infiltrado en grupo folclórico busca hacer negocio en la cálida noche de Aguas Calientes.
Saludos y hasta la próxima.
3.358 kilómetros recorridos (hasta Cusco, donde este post debió haber sido publicado).

Sicuani, Perú, 20 de marzo 2008

domingo 9 de marzo de 2008

Me canso más chateando

ADVERTENCIA: En respuesta a un gran número de comentarios dentro y fuera de este blog, el grupo de Sudamérica a pedal desea manifestar que los criterios vertidos en esta bitácora virtual son producto de las mentes alucinadas y torcidas de todos los miembros que componen la expedición, o al menos de los que aparecen al momento de redactar las aventuras. Dicho de otra manera, el Guabas solamente funge de secretaria, controlando pormenores gramaticales y ortográficos, pero el contenido del blog es de producción grupal.

Por otro lado, a partir del último ascenso del rating y de los jugosos comentarios recibidos, hemos podido percatarnos que lo que a ustedes les gusta, querido público, es el cochino morbo. La cantidad de desnudos y estupideces mostrados en los siguientes capítulos de este blog dependerá directamente de la cantidad de comentarios recibidos, sean éstos positivos o (mejor aun) negativos.

Mil gracias a los que nos apoyan con comentarios. A los demás: Yaffff... comenten!
Por fin una etapa de suaves planicies y relajados prados, con bellos paisajes tan amigables que nos invitaban a contemplar la calma del romántico Perú...

Ni verch!!

Seis días de interminables cuestas y bajadas insufribles. Por lo menos tres jornadas que se alargaron hasta el anochecer. Innumerables cañones tan profundos que solo al verlos nos recordaban lo bajo que puede caer nuestro ánimo. Piedras y lastre a cucharadas. Caídas. Decepciones. Tendinitis. Hambre. Suciedad. Mal olor. Malas noches. Shocks. Stresses y demás...

La etapa entre Ayacucho y Abancay ha sido de las más largas y extenuantes de todas.

Pero vamos por partes. En Ayacucho, la Compañía de Bomberos número (no me acuerdo), en la persona de nuestro querido amigo Francisco el bombero atómico, nos despidió con mucha alegría, no sin antes reiterar advertencias, al más puro estilo del amarillismo peruano, acerca de la bravura y el peligro de la zona que estábamos por atravesar. Quizá eso fue lo que nos mantuvo unidos a los tiempos... al menos por un par de días...

Parecía que todo iba a ser felicidad: el clima prometía ser bueno, los ánimos se habían distendido con el descanso de dos días en Ayacucho, el grupo estaba finalmente unido y todos nos sentíamos al fin como un equipo, al punto que bailábamos de alegría en las verdes praderas de los páramos ayacuchanos. A continuación, detalle de reaggetón andino sobre llanura de pintoresco cultivo desconocido propio de la zona:

Sin embargo, el rebelde Jose Loza no iba a permitir que la armonía reine en este ocurrido grupo. Bajo concepto de disputa generacional (del tipo de: "no somos de la misma leva, chúcaros"), y pretextando la oferta irrepetible de un pasaje aéreo de vuelta a su llacta, el susodicho hizo la guasada de quedarse en Ayacucho medio día más mientras los sufridos chucaritos continuaban con el recorrido.


A la mitad de una tremebunda subida que nos llevaba a Tambillo, Joselito, arrepentido por su bajo accionar, decidió alcanzar al grupo (sin por eso sensibilizar su bolsillo) y contrató los servicios de un mototaxi (remedo de carreta motorizada) para que lo llevase, por el módico precio de 30 soles, hasta donde los demás se embutían un agachadito de la zona (para hacer tiempo) a la vera del camino.


Ya que no tenemos foto del suceso, les va resumido: el tipo ponchó, pero no su llanta, sino la del mototaxi. Luego se dedicó a farandulear con los campesinos del sector que lo invitaron a comer y colaboraron para solucionar el problema del taxi, llegando finalmente en camión a donde estaba el resto del grupo. Para entonces, ya habíamos roto un nuevo récord: algo así como 10 km en toda la mañana. Ese chistecito y otros más que no merecen ser contados nos obligaron a pedalear ese día hasta altas horas de la noche.



Por suerte, mientras la mayoría se dedicaba a lidiar con una serie ininterrumpida de percances, Juan Fer y Andre se habían adelantado hasta el poblado de Matará, donde una amigable familia se ofreció a prepararnos algo de alimento y conseguirnos un lugar para dormir.

Todo eso nos había dejado una lección: debíamos salir mucho más temprano todos los días para poder aprovechar la luz y así evitar las pedaleadas nocturnas y el stress por falta de tiempo.

Resultado: al día siguiente iniciamos el viaje a las 9H30 de la mañana y llegamos a Ahuayro (al fondo de otro inmenso cañón pasadas las 9 de la noche, cantando el Himno a la Dolorosa y pasillos varios (entre otras cosas). Rudos mismo somos...

Otra familia buena onda fue la que nos salvó de la inanición y el cansancio.

Habría mucho por decir de ese par de días y de ese par de cañones que atravesamos. Podríamos decir que nuestras mentes aturdidas han bloqueado el recuerdo de ese par de aciagos días, pero la plena es que no tenemos fotos, así que ya nada. Esa parte imagínensela como más les plazca.

Esta última foto corresponde al tercer día luego de nuestra salida de Ayacucho, en la mitad de un nuevo ascenso endemoniado que emprendimos luego de Ahuayro hacia los páramos de Uripa.

Otro récord memorable: 30 kilómetros en un día. Nada más. En nuestra defensa debemos decir que todito ese tramo fue de pura subida. El camino, como ya es costumbre, piedra y lastre. El sol se puso fuerte a los tiempos. Además, decidimos quedarnos en Uripa porque nos advirtieron que no habían más pueblos cerca, y que si continuábamos subiendo tendríamos que acampar en la altura.

Nos salvamos: poco después de instalarnos en la comisaría local (gracias a la gentileza de los policías) se desató un tremendo aguacero con granizo que convirtió en río a gran parte del pueblo. De haber subido más, otra sería la historia.

Se preguntarán que onda con la foto esta...

Bueno, al día siguiente, luego de atravesar el temible páramo que a la larga no resultó gran cosa, Joselito y Mario volvieron a hacer yunta. Y de nuevo demostraron que juntos son un peligro (por no decir más). Animados por un mezquino sentimiento de rivalidad y hasta de posible odio, el dúo dinámico se enfrascó en una vertiginosa competencia de downhill que terminó con ambos de geta en el lastre.

Marito simplemente no sabe controlarse con las curvas. En una de ellas perdió la cabeza y con ella el control de la bicicleta. El resto fue inevitable. Joselito, sin querer ser opacado por la estrepitosa actuación de su rival, optó por pasarle por encima con bicicleta y todo, pero acabó más maltrecho que su compinche, con dolorosas estigmas en ambas rodillas y un severo sentimiento de frustración.

Por suerte las bicicletas quedaron intactas.

Ni se imaginan los paisajes de esta parte del trayecto. Las modestas muestras que podemos ofrecerles con nuestras cámaras no son ni un pálido reflejo de la realidad. El hecho es que pedaleamos todo el tiempo con la boca abierta.


Quizá el majestuoso paisaje, combinada con la continua amabilidad de la gente, fue lo que nos tuvo pedaleando durante esos duros días.

Sin embargo, nada de eso evitaba pinchazos y demoras de todo tipo. Uno viaja como en un sueño, pero cada que la bici se pone a rechinar es como el ronquido molesto que te despierta del apacible sueño.

Finalmente, gracias a la promesa de un corto trayecto en pavimento (que une la población de Talavera con Andahuaylas), llegamos a las 20H00 con la lengua afuera, recién dispuestos a almorzar. En Andahuaylas fuimos unas vez más recibidos por nuestros "ángeles rojos", los cuales nos proporcionaron camas y a los tiempos tuvimos el placer de probar una duchita caliente, que fue como volver a la vida. Para ese entonces seguíamos con la incertidumbre de lo que estaba aconteciendo en nuestra querida llacta, debido a una muy publicitada incursión del ejército colombiano, de la que ustedes deben saber mejor que nosotros... o no?

Al siguiente día, más por el cansancio que por la amena conversación, degustamos un suculento desayuno, tan bueno que nos tomó varias horas digerir. Entre discuciones de cuál sería la ruta más aconsejable a seguir camino a Abancay, salimos finalmente a las 10h30 (nuevo récord). Durante la subida de ese día nuestros cansados cuerpos y mentes aturdidas se encotraban perdidas en pensamientos repetitivos y canciones pegajosas.

Llegando al desvío que conduce a la laguna de Paccucha (que finalmente fue elegida), Andreita nuevamente hizo de las suyas. Alegando esta vez falta de grasa corporal, decidió subirse a la camioneta. Así como lo leen y sin tantita pena. Aparentemente, fue una decisión acertada, ya que la comunidad indígena del lugar, apenas vio el magro y maltrecho cuerpo de nuestra querida compañera, se encargó de mimar a la "gringuita" con una sobredosis de habas, papa y queso. A continuación, mostramos la gráfica del proceso de engorde...

Mientras tanto, el resto del grupo continuó hacia la laguna de Paccucha en donde, debido a la belleza del paisaje y pinchazos varios, decidimos hacer una sesión de fotos.

A continuación podemos observar a gringa practicando deportes extremos sobre fondo lacustre de incomparable belleza...

La pereza seguía al grupo como sombra y nos demoramos más de lo debido en cruzar la planicie que alberga la mencionada laguna. También influyó en la demora la breve sesión de fotos publicitarias, de la cual les ofrecemos una pequeñísima muestra a continuación (a los años que nos acordamos que tenemos auspiciantes...)
Más allacito, una nueva desición conmocionó al grupo. Dos caminos se abrían frente a nosotros. Seguiríamos por la cuesta o por el planito? Nadie dudó en su interior acerca de la opción favorita (el planito, claro), pero en ese punto hicimos lo único que podíamos hacer: confiamos en las indicaciones de la gente y emprendimos la subida.
Ya empezamos a flaquear, pero la recompensa vino rápido. Junto a un conjunto arqueológico que recordaba la presencia del pueblo chanka en esta región (una bola de losers que fueron azotados por los papis de todos: los incas), la vista de un impresionante cañón lleno de fallas geológicas y demás (según explicó nuestra geóloga, la másper... C. Pérez) nos llenó de ánimos y buen humor.

Debimos cruzar como cabras un pequeño camino que nos conectaba con el ramal principal de la vía a Abancay. Un breve episodio de tintes trágicos estuvo a punto de consumarse sino hubiera sido por los gritos de unos campesinos que evitaron que "el despistado" Perkins Salvador se largase por un camino alterno que conducía al fondo del cañón. Hasta ahora no sabemos si la ayuda de los lugareños nos benefició o perjudicó.

Una estrepitosa bajada nos escupió en un pequeño pueblo llamado Quillobamba, donde una tropa de madres junto a un escuadrón de rapazuelos nos recibieron en un comedor comunitario. Allí nos sentimos vacas tragando yuyo (hierbas varias sazonadas con ajo, cebolla y comino) y masticando un montón de arroz para acompañar. Eso nos salvó del hambre.
Los mencionados rapazuelos se animaron en demasía con nuestra presencia y pugnaron desesperados por obtener algún recuerdo. Los pocos stickers que aún nos sobraban nos sacaron del apuro. Estamos seguros que la mayoría de ellos ya forman parte de la basura del camino, pero bueh... hay que promocionarse como sea.

En la mitad de "la loma de al frente" se encaramaba el centro poblado de Matapuquio. Ahí conseguimos que el alcalde nos abriera las puertas de la casa comunal y nos prestase un cuarto para descansar. Toda la gente del pueblo salió a conocer a los "gringos" turistas y no paró de observarnos por varias horas. Imaginamos que la impresión de asombro que ellos tienen de nosotros es tan viva como la que nosotros tenemos de estos cañones, estos caminos y estos pueblos tan sorprendentes.

En fin, ya nos vamos cansando como siempre, así que, para no alargarles el cuento, ahí dormimos y comimos, y al siguiente día continuamos ascendiendo para cruzar al siguiente cañón que nos esperaba del otro lado.

Casi en la cumbre de la puna, la euforia y creatividad se expresaron espontánemente en un grotesco baile post-moderno bautizado como "Andean breakdance in the clouds".

Con esos ánimos enfrentamos un nuevo descenso interminable, esta vez hacia el ansiado pavimento al que no habíamos disfrutado desde hace mucho.
El "ansiado pavimento", sin embargo, resultó terrible: una subida agotadora de cerca de 18 km para finalmente llegar a Abancay, capital del departamento de Apurimac y sede de nuestro nuevo descanso. Lo bueno es que llegamos en pleno carnaval, y gracias a nuestros amigos de siempre, pudimos disfrutarlo a plenitud.
Ya no damos más escribiendo...
Los dejamos con la tradicional sección de escenas de la vida cotidiana.
Escena 1: Bomberos abanquinos en cumplimiento de la ardua labor. Los acompaña un ser mitad hombre mitad simio.

Escena 2: Tres apuestos bomberos de la localidad listos para enfrentar las temibles vicisitudes del carnaval. "El Turro", "el Neno" y "el Bobo". Cualquier parecido con miembros de Sudamérica a pedal es pura coincidencia.

Escena 3: La fiesta prometía mucha acción. Cholas abanquinas muestran sus sexis enaguas en coqueta postura. Los viajeros babean ante tremendas pantorrillas (aunque últimamente babean por cualquier cosa).

Escena 4: La fiesta sube de tono. El tema de la comparsa recordaba ligeramente un típico viernes en la Mariscal: "Nos disfrazamos, nos hacemos bestias y nos azotamos hasta la inconsciencia..." Uno se sentía como en casa.

Escena 5: Golpe tras golpe, la celebración va degenerando en puro caos. La violencia ya no respetaba ni género ni edad. Nótese el bulto apaleado que yace tras los fieros combatientes.

Escena 6: Sobrevivientes de la golpiza exhiben sus trofeos con contento.
Escena 7: La fiesta está por terminar. Siempre hay unito que, bien o mal, consigue algo.

Escena 8: Fin de la fiesta. Mañana seguimos pedaleando.

3.028 kilómetros recorridos.
Abancay, Perú, 9 de marzo de 2008.

domingo 2 de marzo de 2008

Nadie quiere a nadie


El Consejo Directivo Superior de Sudamérica a pedal (foto) se reunió en Asamblea General la pasada semana para recoger las opiniones de los diversos integrantes y, luego de un sesudo y grandilocuente debate de varias horas, oficializar la siguiente resolución:

SE ACABÓ EL QUERER
Las crecientes tensiones intestinas que han venido incrementando paulatinamente la animosidad interna del grupo se han expresado en un abandono completo de la franca cordialidad reinante durante las primeras semanas de viaje. Ahora nadie quiere a nadie, nadie espera a nadie, nadie tolera a nadie y cada quien jala para su lado. Yeah!
El punto culminante de esta crisis profunda se inició con una amarga sorpresa que el grupo debió enfrentar en la mañana de su segundo día de descanso en Huancayo: David y Carla, los recién llegados, se alistaban para salir pedaleando en dirección a Ayacucho mientras los cinco restantes miembros de la expedición apenas y se aprestaban a bajar el tono de los ronquidos e iniciar un grato día de guakseo.
Vanos fueron los esfuerzos que realizaron los apenados compañeros para detener a ese par de atrevidos:
A los pocos minutos, sin salir de su estupor, el "grueso" del equipo contemplaba sorprendido cómo sus dos "amigos" se alejaban cumpliendo su caprichoso anhelo. Luego de eso todo fue caos: fraccionamiento, desgano, mutua indiferencia, comentarios fuera de tono, falta de solidaridad, etc.

Paseazo.

En fin, con el pretexto de "no estar lo suficientemente entrenados", David y Carla se adelantaron un día con la idea de cumplir el trayecto Huancayo-Ayacucho pedaleando un día más que el resto, los ya bien curtidos cinco de la fama. Estos últimos nos la pasamos en las de siempre: vagabundear por ahí gastando dinero en cosas inútiles y tratando de descansar haciendo mucho y haciendo nada. Al menos logramos hacernos amigos de las dependientas de la licorería más cercana, lo cual nos valió una buena botellita de "Uña de gato", equivalente peruano al ficticio "Colmillo de perro" que supuestamente bebemos por allá. Pero eso es otra historia... (Saludos Claudia y Pilar!)

Como siempre, los bomberos se portaron más que bien, y poco les importó que sigamos invadiendo las camas y pasillos de su estación durante otro día más. Aún más: nos ayudaron a planear las siguientes etapas y hasta nos consiguieron hospedaje para el siguiente día. María del Castillo (bombera huancaína que en la foto adjunta aparece junto al zángano flacuchento con ojo de Marilyn Manson) nos contactó con su hermano César, oriundo del pueblo de Izcuchaca, para que nos recibiese la noche siguiente.

Eso fue lo que hicimos: partir para Izcuchaca y alojarnos en la casa del buen César. El camino de ese día no fue mayor problema. Luego de ascender a un páramo bastante bajo (no llegaba a los 4.000 msnm), descendimos por un cañón gigante, al amparo de un paisaje espectacular (por decir lo menos) y todo el tiempo en camino pavimentado.

Un pinchazo del José (que iba al último y no tenía bomba) nos dio bastante tiempo para yacer como lagartos a la vera del camino y conversar un poco con los lugareños. Los niños campesinos, al contrario de lo que suele suceder, se portaron algo reacios, pero por ahí se pudo tomar al menos una que otra buena foto.

La sinuosa carretera que seguía al río Mantaro (el mismo que pasa por Huancayo y al que ya habíamos seguido desde La Oroya) nos llevó rápidamente hasta Izcuchaca y nos permitió, a los tiempos, tener una buena parte de la tarde para descansar.

Izcuchaca, además, resultó ser una población muy llamativa y animada: un gran puente de piedra de varios siglos de antiguedad, campeonato de volley en la plaza, una estación del ferrocarril que va hacia Huancavelica, puestos de comida en la calle, gente amigable...

Quizá debimos haber advertido que todo eso era un regalo que nos daba el viaje para soportar mejor los días que se nos venían.
No hicieron falta más que un oar de horas de recorrido para ya estar salpicados de lodo hasta el cuello, separados unos de otros por muchos kilómetros y completamente desorientados con respecto a dónde debíamos llegar cada día o qué es lo que debíamos esperar de la ruta.
La gente del camino nos fue aclarando el panorama y endulzando la vida. Esta vez lo hicieron con tunas. Tunas, tunas y más tunas. Por todas partes. Poblando los cerros desde la ribera del río hasta las elevadas aristas. Decorando el camino con manchas amarillas y rojizas. Espinándonos las lenguas y los dedos con sus pepas dulces y jugosas. Acá lo que hay es tunas y están buenísimas.
Ante tal paisaje, Marito Esteban y Joselito, los "sin bombas", optaron por relajarse en extremo y, según sus propias declaraciones, "dejarse llevar por el ritmo del viento". El problema fue que ese día el viento no quiso soplar mucho, y el par de arrebatados no asomaban por ninguna parte. Los que iban primero (Guabas, Juan Fer y Andre) empezaron a mirarse raro y a torcer los ojos del aburrimiento. Sin embargo, ya que la estima por sus compañeros era prácticamente nula, jamás consideraron la opción de volver a buscarlos, y decidieron continuar al son de "ya verán esos ... cómo llegan".
Muchos kilómetros adelante y luego de horas de espera, la parejita del último asomó toda relajada y alegre. Como si la cosa no fuese con ellos. Entre las novedades que traían consigo sobresalían un montonón de fotos tomadas cada 50 metros. Joselito sin camiseta saluda a la cámara. Marito Esteban posa con su bicicleta junto a un cactus lleno de tunas. Perspectivas dirversas del camino y sus alrededores. Un gringo ciclista acaricia a un perro. Los amiguitos sonríen a la cámara junto a un vagón de ferrocarril. ETC, ETC, ETC.

En esas se nos había ido toda la mañana y parte de la tarde, pero eso no fue motivo de preocupación para los "al son del viento". Luego de comer tardíamente en la comunidad de Quichuas, paraje estratégico muy cercano al Proyecto Hidroeléctrico Mantaro (uno de los más grandes del Perú), el par de bailarines volvieron a retrasarse muy a su gusto. esta vez ocupados en darse alegres chapuzones en los riachuelos del sector.
Marito casi abandona el viaje por la vía rápida: el río. Al querer pasar cicleando un pequeño desborde de agua que cruzaba el camino, éste le jugó una mala pasada y lo mandó de oreja contra las piedras. Mientras el afectado chapoteaba desesperado como Kiko en Acapulco, su bicicleta empezaba un nuevo viaje, esta vez sola, en el torrente del río. Joselito, por su parte, se desternillaba de risa a un costado. No se sabe cómo salieron de esa, pero el punto fue que, horas después, empapados y risueños, finalmente se reunieron con los que iban adelante. Éstos, ya desesperados del aburrimiento, empezaban a desahogar su descontento contra la fauna del sector.
El complicado periplo de aquel día no habría de terminar ahí. Los riachuelos que cruzaban el camino fueron creciendo hasta convertirse en ríos por sí mismos. En eso se nos iba la tarde a pasos acelerados. Y faltaba lo peor: un desborde ya tan grande que era imposible cruzarlo sin empaparse. Valientes y decididos, lo cruzamos de todas formas, pero Joselito volvió a brillar por su ausencia, o más bien por la ausencia de su bomba. Cuando ya casi todos habíamos cruzado el obstáculo de agua, el muy guapetón se asoma caminando con la llanta ponchada y cuarenta minutos de retraso. Pero eso sí: siempre jovial.
Ya todo eso terminó por agotar nuestro tiempo. Los últimos kilómetros de ese día las tuvimos que pedalear en completa oscuridad, apenas ayudados por las pequeñas linternas de lectura que íbamos llevando.
Sin embargo, la suerte no quiso abandonarnos. Al poco tiempo, en una pequeña curva del camino, un animado grupo de lugareños se acercó y con bombas y platillos hicieron gala de hospitalidad al invitarnos a pasar la noche en un cuarto de su pequeño pero acogedor hogar. Resulta que David y Carla, los "aquí pin pon", habían pernoctado ahí mismo la noche anterior, por lo que los campesinos ya estaban alertados acerca de nuestro paso.
Esa noche fue en verdad especial. Compartimos buenos momentos con los niños (fascinados por la tecnología de plástico que vamos cargando) y conversamos largamente con los adultos. Además, la señora Teodora nos preparó una deliciosa comida que alivió nuestros males y terminó de sacarnos de aprietos.
El nombre del pequeño caserío era Huajoto, perteneciente a la comunidad campesina de Santa Rosa de Yakua.
No tan temprano al siguiente día, reincorporados ya a la ruta, nos sorprendió el verdadero día del "fango fashion", fiesta de la moda a la que concurrieron importantes personalidades internacionales, entre ellas: Jens Heubner, diseñador industrial alemán que decidió dejar los lápices e intercambiarlos por los pedales durante dos añitos. El tipo iba ya por los no sé cuántos mil kilómetros en su vuelta al mundo. Ahora anda en dirección al norte y en algún momento de abril andará por Quito. Le deseamos mucha suerte en la etapa final de su viaje.

Fieles a su nueva costumbre de cagar los planes, Marito y Joselito volvieron a relajarse muy a su sabor, esta vez con la sazón especial de dos pinchazos y una pizca de pereza. Los demás ya ni pensaron en esperarlos, pero como el mundo da vueltas, todos poncharon por lo menos una vez, llegando a degustar un desagradable estofado de melloco bastante más tarde de lo acostumbrado. En ese punto (estábamos en Mayocc, un pequeño y polvoriento pueblo en un paraje digno de cualquier capítulo del correcaminos) el relajamiento se extendió en todo el grupo. La soleada tarde y el bello paisaje nos inspiraban y nos hacían parar una y otra vez.
No faltó quienes, aprovechando estos contínuos descansos, dieron rienda suelta a su emotividad corporal:

Otra vez se nos fue el día en esas. Al empezar a caer la noche, tuvimos que apretar el pedal y subir a toda máquina hacia nuestro destino, el distrino de Huanta. Sin embargo, Marito Salvador tenía otros planes en mente. Bautizado desde entonces como Miss Ponchazos, no solamente que pinchó una, sino dos y hasta tres veces su llanta. No contento con eso, orgulloso y ufano de su patético logro, se pasó reventando tubos hasta bien entrada la mañana del siguiente día. No pudimos salir de Huanta (ciudad a la que habíamos llegado ya sin luz del sol) sin dejar de presenciar dos tremendas explosiones de tubo que concitaron el interés popular y avivaron nuestro odio hacia el responsable de ese nuevo retraso.
Aquí, Mario expiando sus pecados ante el Todopoderoso.
En Huanta todos parecían ser muy amigables. O más bien dicho, TODAS. Fuimos advertidos de una creciente población de ladronas en la zona. Pero ladronas de corazones, según ellas mismas indicaron. De todas formas, ya curtidos en ese tipo de vicisitudes, pudimos escapar sin ninguna novedad, cosa que no sabemos si es buena o mala (o si lo sabemos, no queremos aceptarlo).
Otra cosa sobre la que fuimos advertidos fue el difícil pasado que esta zona del Perú atravesó recientemente. Parece que todo el asunto de la violencia política que asoló los departamentos de la sierra central (especialmente Ayacucho) sigue muy marcado en las conciencias de los pobladores del sector, no tanto como para hablar abiertamente del tema, pero sí como para recomendarnos mucho cuidado y precaución en nuestra travesía.
Lo cierto es que Sendero ya no existe ni opera desde hace mucho, pero las secuelas de su presencia son difícilmente olvidadas por quienes la sufrieron en carne propia. Cierto ambiente de abandono por parte del gobierno peruano ronda la atmósfera del sector.

Finalmente llegamos a la ciudad de Ayacucho, lugar de nuestro nuevo descanso. En muchos aspectos parecida a Quito, Ayacucho es una antigua ciudad colonial, llena de iglesias y conventos, muy importante por su pasado. La Plaza de Armas de esta ciudad es quizá la más bonita que hemos visto desde que entramos al Perú.

Nuevamente son los bomberos quienes nos han acogido en nuestro descanso. Con poco espacio pero con mucho entusiasmo y generosidad, estos desprendidos héroes nos han dado la oportunidad de limpiarnos y descansar cómodamente por dos días.
A continuación, la habitual sección de escenas de la vida diaria.
Escena 1: Limpieza de bicicletas al estilo bombero. Entusiasmado por tremenda manguerota, Juan Fernando aplica presión sobre su vehículo. Mario observa atento esperando su turno.

Escena 2: Alegre encuentro con los amigos perdidos. Mario y Carla hacen el ridículo en un concurrido paseo del centro de Ayacucho.

Escena 3: Imagen de postal. Obelisco conmemorativo de la Batalla de Ayacucho, a unos 30 km de la ciudad. En primer plano, el buen Mariscal Antonio José de Sucre inmortalizado en cerámica local.

Escena 4: Vientos de libertad ensordecen a las multitudes de América.


Escena 5: Los "triunfadores" de Ayacucho pasan el chuchaqui siempre apuntando alto.

2.719 kilómetros recorridos.

Ayacucho, lunes 3 de marzo 2008